domingo, 30 de noviembre de 2025

SABIAS, ASTUTAS 

E IMPRUDENTES


GALERÍA DE VIEJAS

DE LOS CUENTOS POPULARES



Muchas explicaciones sobre el origen de los relatos populares giran en torno al papel de las mujeres. La antropóloga Kristen Hawkes plantea la hipótesis de que, liberadas por la biología del mandato de reproducirse, las mujeres posmenopáusicas de la prehistoria continuaban apoyando la crianza; una de sus funciones consistía en transmitir los saberes acumulados, entre los cuales es muy probable que estuvieran aquellos relatos que explicaban su mundo. Marina Warner, una estudiosa de los cuentos de hadas, asocia la producción de historias orales con esas actividades cotidianas y repetitivas que llevaban a cabo las mujeres; la preparación de los alimentos, la conservación de los granos y el lavado de la ropa constituían el marco ideal para esas comunicaciones. Pero una actividad en particular suscita el nexo entre mujeres y relatos: la del hilado y el tejido, cuyo vocabulario impregna la experiencia de contar historias: el discurso que se "borda" y la trama que se "urde" dejan ver ese vínculo, como sospecha Irene Vallejo.

No resulta extraño, entonces, que las viejas tengan una presencia marcada en los cuentos populares, transmitidos oralmente de generación en generación. Ellas casi nunca son protagonistas. Suelen aparecer en el camino o en una casa en medio del bosque, para ayudar a un personaje en su empresa o para ponérsela bien difícil. En unos cuantos casos, pierden sus poderes y se presentan vulnerables, que también hay derecho a eso. Vamos a conocerlas en esta galería de viejas de cuento. 

"El yerno serpiente"

Vive en una barraca en medio del monte y conoce de bandidos que raptan a mujeres solas e indefensas. La primera vieja de este recorrido aparece en un cuento popular japonés. Durante la noche, brinda su hospitalidad a una joven que llama a su puerta. La muchacha recién ha escapado de una serpiente con la que su padre la había casado y ahora vaga por el camino. El amor filial le impide regresar a casa, pues ha desobedecido el mandato paterno.

Al día siguiente, la señora le obsequia una "piel de vieja" sucia y arrugada. Con ella podrá protegerse de las miradas y las intenciones lascivas de los hombres y luego ocupará uno de los últimos lugares en una casa donde entra a servir. Esta vieja compasiva y sabia no solo ayuda a la muchacha a evitar el peligro y salir adelante en la vida; también comparte con ella su experiencia de ser invisible a los ojos del mundo.

Ilustración de Warwick Goble (1862-1943)


"La pastora de ocas en la fuente"

En lo alto de una montaña, habitan una anciana y una joven fea y tosca que cuida sus gansos. La presencia de aquella no pasa inadvertida para los aldeanos; cuando se la encuentran en el camino, la esquivan con temor y previenen a los niños de esa hechicera. Pero no todo es como luce: ni la vieja abriga malas intenciones ni es hija suya la muchacha. La pastora de ocas es, en realidad, una princesa expulsada injustamente de palacio, quien oculta su verdadera identidad bajo una piel que le ha dado la vieja.

Tres años han pasado y es hora de que la chica vuelva a ser quien era. Pero el trabajo aún no está completo. En una actitud de celestina, la anciana sale a buscarle pareja. La imagen de abajo muestra parte de la prueba a que sometió a un muchacho bien parecido, perteneciente a la nobleza, compasivo y capaz de llevar una pesada carga hasta lo más empinado del trayecto.

Imagen de Robert Leinweber (1893)


"Madre Nieve"

Las viejas de los cuentos populares no siempre regalan sus dones. Como acabamos de ver, algunas ponen a prueba a los otros personajes. Tal es el caso de Madre Nieve, una anciana de dientes grandes con poderes tales que domina hasta la naturaleza misma. A su casa llega una joven que demuestra compasión y realiza con diligencia la tarea que le impone la señora: sacudir la cama para que vuelen sus plumas y la nieve caiga sobre la tierra; al final, su esmero se ve recompensado con una lluvia de oro. Su hermanastra, en cambio, recibe un baño de pez por su actitud cruel y negligente.

Imagen de Otto Ubbelohde (1867-1922)

Esta vieja de cuento posee unos orígenes llamativos. Se remontan al paganismo de ciertas zonas germanas y del este de Europa, donde existía la creencia en un personaje que otorgaba recompensas o imponía castigos a las personas según fuera su disposición hacia el trabajo. Se dice que Frau Perchta, a quien observamos en la imagen siguiente, recorría los caminos con su séquito de diablillos para premiar con una moneda de plata la laboriosidad o castigar arrancándoles las tripas a quienes les hubiera ganado la pereza. Finalmente, la tradición la fue dulcificando hasta llegar a la figura que cobró vida en Madre Nieve. Tremendo cambio, ¿no?

Fotografía de Holger Wue Schmitt
(2017 en Wikimedia Commons bajo licencia Creative Commons
Attribution-Share Alike 4.0 International)

"Vasilisa la Bella" y "El príncipe Danilo"

La presentación de Frau Perchta nos sirve de enlace con nuestra próxima vieja: la bruja. Jack Zipes, experto en cuentos de hadas, señala que los relatos donde figuran personajes de este tipo son herederos de costumbres paganas y mitos grecorromanos. Añade este autor que las figuras con poderes mágicos que aparecían inicialmente en los mitos se fueron transformando en brujas, hadas y otras criaturas. Esto obedece a la expansión del cristianismo, que satanizó la magia, a la vez que la hechicería y el mal se asociaron con mujeres viejas.

Una de las brujas más famosas en el cuento popular es la Baba Yaga, quien viaja en un mortero, como podemos apreciar en la pintura de Iván Bilibich. Es tan poderosa que domina los fenómenos naturales. Aunque posee una faceta benevolente, también puede actuar con crueldad devorando a sus víctimas. Dos cuentos donde aparece la Baba Yaga son "Vasilisa la Bella" y "El príncipe Danilo".

Ilustración de Iván Bilibin (1876-1942)


"El diablo y su abuela"

Si sabe más el diablo por viejo que por diablo, ¡imaginen cuánto más sabia y astuta podrá ser su abuela! Es más vieja que Matusalén y vive con su nieto en una choza de piedras en el bosque. Llevan una buena relación: ella le prepara y sirve los alimentos, mientras conversan acerca de las almas conquistadas durante el día. Esa cordialidad no le impide traicionar a su nieto cuando es más grande su compasión. 

Así sucedió cierto día en que llamó a su puerta un soldado quien, junto a otros dos desertores, le debía su alma al demonio. La vieja se compadeció de él y le pidió que entrara en una bodega; de esta forma, pudo escuchar cómo el diablo le contaba a su abuela la solución del acertijo que los soldados debían responder a fin de conservar su vida.

Imagen de Maurice Sendak (1973)


"La bella durmiente del bosque"

Es una de las siete hadas del bosque, pero no se destaca por socializar: lleva más de cincuenta años encerrada en una torre. Como no se la ha vuelto a ver, dicen las malas lenguas que o ha venido a buscarla la muerte o es víctima de un hechizo. Por esa razón no la tomaron en cuenta aquel día en que el rey dio un gran festín con motivo del bautizo de su anhelada hija. El desaire sufrido la hizo perder las buenas maneras y mostrar la otra cara de las hadas: la venganza. Fue esta vieja olvidada, lastimada, invisibilizada, quien profirió la maldición que originó una de las narraciones más conocidas de princesas cautivas de un sueño cercano a la muerte o, en términos más sofisticados, de princesas narcolépticas. La presencia de esta hada en la historia de los cuentos populares nos enseña que las viejas también pueden ser temperamentales. 

Tomada de Ririro.com

Y de ser temperamental a ser imprudente hay un solo paso.


"Caperucita Roja"

La casa de la abuela está muy dentro del bosque. Blanca Álvarez, otra estudiosa de los cuentos de hadas, afirma que esa ubicación quiere decir que el recorrido sexual de la señora está completo. Un quebranto de salud la obliga a tomar cama, mientras su nieta recorre el bosque para llevarle una merienda. Caperucita, como la conocen todos, va advertida de no hablar con desconocidos; pero el panorama que le presenta el lobo acerca de su estancia en ese lugar es tan sugerente, que decide tomarse un tiempo para disfrutar tanta belleza. Mientras tanto, la abuela es engañada por el lobo, quien la devora.

Grabado de Imagery Pellerin-Epinal (finales S. XIX)

Mucho se ha comentado acerca del despertar sexual y la travesía de Caperucita como rito de iniciación, pero ¿qué pasa con la señora? En una cultura donde la sexualidad de la gente vieja es un tabú, el caso de la abuela de Caperucita puede ser motivo de inquietud, de curiosidad, sobre todo si leemos la versión de Perrault, donde no existe cazador que salve a nadie.

¿Esta vieja de cuento se halla marcada solo por el signo de la impertinencia, de la impulsividad, o podemos pensarla de otras formas?


Terminamos este recorrido por nuestra galería de viejas con este hermoso texto de Patricia Esteban Arlés: 

"La vieja solo se sabe un cuento, pero es el mejor de todos. Se relame de gusto mientras pela patatas duras como piedras, pensando que ella es la dueña de esa historia. La vieja da un puntapié al gato negro que se asoma a su cocina, sin dejar de evocar por un instante ese comienzo capaz de apresar cualquier alma. Ella, que apenas recuerda el día en que vive, se sabe un cuento letra a letra, palabra a palabra".


domingo, 12 de enero de 2025

 DOS RÍOS: SU CENTRO HISTÓRICO


A Rafael Méndez Mora, 
mayordomo de la ermita de San Francisco
de Dos Ríos entre 1898 y 1900


En una entrada anterior (4 de octubre de 2020), habíamos dejado al vecindario de los Dos Ríos durante una de las celebraciones en honor al santo patrono, la de 1863, justo después de la reconstrucción de la ermita. Esa es la primera emita de que tenemos conocimiento en este barrio y que puede datar de 1830, época a la que dedicamos otra entrada de este blog (4 de octubre de 2024). Ahora avanzaremos hasta finales del siglo XIX e inicios del XX, para presentar la manera en que se fue conformando, casi como un rompecabezas, el corazón del barrio de los Dos Ríos, su modesto centro histórico.



La pequeña París y los barrios de las afueras

Hacia fines del siglo XIX, San José ha visto cambios notables. En sus calles pavimentadas y con alumbrado público, lucen modernas obras de infraestructura como el Teatro Variedades, el Teatro Nacional, el Colegio Superior de Señoritas y la Biblioteca Nacional. La oligarquía ha puesto sus ojos en Europa adoptando además nuevas costumbres en cuanto a vestimenta, productos de consumo, diversiones y lecturas, tal es su afán de exclusividad en relación con el resto de los costarricenses.

Una pequeña París. El cura de El Carmen, José Badilla, se hace eco de las voces que califican de esta manera a la ciudad de San José. No lo motiva la idea de progreso asociada a la capital francesa; le preocupan, en cambio, las nuevas costumbres y formas de vida josefinas.

Vivo, por mi desgracia --anota Badilla en su informe sinodal--, en el foco de la desmoralización. Exceptuando el Zapote y algunas gentes de San Francisco y otras orilleras, la generalidad está perdida. Los hombres sólo piensan en el comercio, el negocio, las comodidades y los placeres sensuales: las mujeres en el lujo, la vanidad, el orgullo y los goces de todo género (...) De vicios no diré nada; ya supondrá el Ilmo. Prelado que en esta capital los tenemos todos en grado superlativo, y que por algo han dado algunos en llamarla pequeña París, porque, efectivamente, hay aquí empeño en imitar todo lo malo que nos viene de la moderna Babilonia... (1)

Probablemente algunas costumbres viajaron rápido del centro de San José a las orillas y a los suburbios. El progreso no. Deberán pasar varias décadas del siglo XX para que uno de los barrios citados en el informe del cura Badilla consolide mínimamente ese espacio que representa cierto desarrollo de los núcleos de población: la iglesia, la escuela y la plaza pública.

San Francisco de Dos Ríos es designado como distrito en enero de 1896. Se ubica en las afueras del casco de San José, a cuatro kilómetros al sureste entre los ríos Tiribí y María Aguilar, razón por la cual en sus inicios se conoció esta zona solo como Dos Ríos. De suelo ligeramente quebrado, se dedica a la producción de hortalizas, granos y café, con dos beneficios de primer orden. Es un distrito escolar, posee una ermita y lo habitan 682 personas. Así lo describe el Diccionario Geográfico en su edición de 1904 (2).

Existe una división social muy marcada entre la parte del vecindario del centro de San José que posee mayores recursos económicos, y los orilleros y habitantes de las poblaciones aledañas como San Francisco de Dos Ríos y Zapote, quienes viven en condiciones de pobreza. Ambos barrios forman parte de la parroquia de El Carmen; por lo tanto, sus niños asisten al Catecismo en esa parroquia y, como la aporofobia ha existido siempre, aunque el término se haya acuñado hace poco, el padre Badilla observa lo que sigue:

Hay por desgracia una división muy honda entre el catecismo del Carmen y el del Sagrario. Se ha dado en la manía de pensar que al Carmen sólo deben asistir los niños pobres, los orilleros junto con los del Zapote y san Francisco. (...) Hace algún tiempo fui un domingo al Sagrario mientras se daba allí el Catecismo; encontré varios niños de preparatoria que me habían quitado del Carmen, casi todos de las principales familias, ninguno pobre ó de traje sencillo. (3) 

Libros de fábrica: testigos de la vida comunal

Una parte de la vida del barrio de los Dos Ríos de finales del siglo XIX e inicios del XX está documentada en los libros de fábrica. En ellos se anotan las entradas y salidas de la parroquia para su funcionamiento en lo que respecta a los oficios del culto y al mantenimiento del templo. Estos libros los lleva el mayordomo de la iglesia, quien se encarga de la gestión de los bienes, y luego se presentan a las autoridades eclesiásticas durante sus visitas a los barrios. En otras palabras, la vida que reflejan tiene que ver con las actividades de los vecinos alrededor de la iglesia. Otros documentos valiosos para formarnos una idea de las necesidades de las parroquias son los libros de visitas pastorales, donde se describen las actividades efectuadas durante la visita del obispo, se anotan inventarios de los objetos de la iglesia y se emiten recomendaciones.

Los principales registros en los libros de la filial de San Francisco de Dos Ríos tienen que ver con la festividad en honor a su patrono. Es un evento que congrega al vecindario. Como en la mayoría de las comunidades de la época, suele realizarse un novenario y una misa concelebrada; también hay música, pólvora y una procesión. Los vecinos contribuyen con sus donativos al mantenimiento de la ermita, que precisa reparaciones y compra de utensilios para el culto; por ejemplo, en 1878 se contrata a un escultor para que retoque la imagen de San Rafael.

En los registros que van de 1869 a 1900, se citan apellidos como Amador, Bermúdez, Carvajal, Cascante, Castro, Flores, Guerrero, Guzmán, Hernández, Madrigal, Marín, Méndez, Mesén, Monge, Mora, Muñoz, Prado, Ramírez, Reyes, Rivera, Román, Romero, Solano, Solís, Valverde y Zúñiga (4). Tales apellidos serán una constante en los documentos relacionados con este distrito a lo largo de estos años y hasta casi la mitad del siglo XX. Estas familias constituirán, en buena parte, la base de lo que podría llamarse, siguiendo a Alberto Bermúdez Obando (5), el San Francisco Viejo, de escaso vecindario y enormes fincas cafetaleras, anterior a la explotación de la tierra para conformar los barrios residenciales que hoy conocemos.

Un dato llamativo anotado en los libros de fábrica consiste en una contribución realizada en 1869 por Pacífica Fernández. Podría tratarse de la esposa del expresidente José María Castro Madriz, dueño en esa época de la hacienda La Pacífica.

Un distrito escolar en condiciones difíciles

Otras fuentes de información que permiten trazar un esbozo de la vida comunal de las primeras familias francisqueñas son los informes oficiales de organismos del gobierno. Concuerdan con las memorias eclesiásticas en señalar las condiciones de rezago del barrio, debido a la pobreza de sus habitantes.

En 1885, San Francisco de Dos Ríos cuenta con dos escuelas, en locales alquilados y en mal estado (6). Sus maestros son, en 1891, Rafaela G. de Siles para las niñas y Rafael Siles para los niños (7). El informe de la Inspección de Escuelas advierte, en los siguientes términos, del peligro de que esta comunidad pierda sus centros educativos:

Ambos planteles (...) están casi desprovistos de los principales muebles y útiles escolares, debido á la escasez de recursos de la Junta y aún del vecindario en general. La expresada corporación apenas puede responder (y con alguna dificultad) al pago de los alquileres de las casas de enseñanza, razón por la cual el Gobierno debiera auxiliarla en algo, siquiera sea facilitándola el mueblaje y útiles de que carecen sus escuelas, pues de no ser así, quizá sea necesario pasar por el duro caso de clausurar ambos planteles. (8)

Necesidades de infraestructura

El inicio del siglo XX encuentra al vecindario con infraestructura inapropiada para los servicios religiosos y escolares.

Por un lado, la Junta de Educación realiza gestiones para atender a las deficiencias señaladas a finales del siglo anterior. En 1909 le solicita ayuda al Congreso Constitucional a fin de pagar una casa particular de buenas condiciones que ha comprado en 2100 colones para instalar sus escuelas y de los cuales ha cancelado solo 1100 por la pobreza del vecindario (9). El Congreso de la República emite, entonces, un adelanto de 1100 colones de lo que pudiera corresponderle, a la Junta, del Fondo Nacional de Educación (10).

Por otra parte, la ermita está vieja y no satisface las necesidades de una población en aumento. En 1906, José Badilla anota en su informe sinodal que esta es muy pequeña y antigua, por lo cual merece que se la repare (11). Lo mismo opina al año siguiente el obispo Juan Gaspar Stork durante su visita pastoral: Este vecindario tiene una Ermita muy pequeña, anticuada é insuficiente para el número de habitantes. ¡Ojalá! Que pensaran en hacer una nueva Iglesia, mas espaciosa y al estilo moderno, que sea ornato de tan bonito barrio próximo a la capital. (12)

La piedra fundamental

En 1913 se constituye la Junta Edificadora (13) de la nueva iglesia y, como esta última será más grande que la reconstruida en 1862, se adquieren varias propiedades colindantes (14). El domingo 25 de abril de 1915 ocurre un gran acontecimiento para la comunidad: la ceremonia de colocación y bendición de la piedra fundamental del nuevo templo, que las vecinas y vecinos que lo conocieron evocan hoy con una mezcla de nostalgia y cariño. Para promocionar la actividad, se distribuye un volante y se pone un aviso en el periódico La Época del sábado 24 de abril (15).




Ramón Monge, protesorero de la Junta Edificadora (16), organiza un tope de caballería, cuyo punto de partida es el río María Aguilar en el sector del actual Barrio Méndez; también se lleva a cabo una bendición de animales y la ofrenda de donativos en dinero. Ya frente a la ermita, se efectúa la bendición de la piedra fundamental a cargo del obispo Stork (17). Otro dato valioso: el tesorero de la Junta Edificadora es Florentino Castro, dueño en ese entonces de la hacienda La Pacífica (18).

A propósito de dicha hacienda, que será una constante en la vida socioeconómica de la comunidad, observe la bellísima estampa, de 1919, de un grupo de cogedores de café de La Pacífica en esta fotografía de Manuel Gómez Miralles. Este no era solo un lugar de trabajo para la gente sencilla de los Dos Ríos; también era sitio de esparcimiento para las señoritas y señoritos de San José, que llegaban de paseo y celebraban hasta bailes allí (19).




Volviendo a la iglesia, quedará como tarea para los años siguientes terminar la edificación y conseguir el mobiliario, ornamentos y demás artículos. Se hará mediante contribuciones personales, rifas, turnos e ingresos por salves en fechas cercanas a la fiesta patronal.

Censo nacional y participación política del vecindario

El 11 de mayo de 1927 se realiza el censo nacional, elaborado de forma rigurosa aplicando los aportes de la estadística al campo demográfico (20). De los doce distritos de San José, donde se incluye también a Curridabat, San Francisco es de los menos poblados. Con 730 habitantes, solo supera al de Hatillo, con 650 (21). Consta de 153 núcleos habitacionales a lo largo de sus cinco vías: la mayoría de las familias, 124, vive sobre la calle real; el resto se distribuye entre la calle a Desamparados, donde habitan 15 familias, y la calle a San Antonio de Desamparados, donde hay 9; también existe una callejuela a Zapote, con 4 familias, y una callejuela a Curridabat, donde vive un único grupo familiar (22).



Dos meses atrás, en marzo, había aparecido un anuncio en el periódico La Prensa con 119 firmas de vecinos pertenecientes al Partido Unión Nacional, cuyo candidato es, para el periodo 1928-1932, Cleto González Víquez. El respaldo es mayoritario, si tomamos en cuenta que para esa época en el barrio de los Dos Ríos había aproximadamente 150 varones mayores de 21 años. Quizás esta manifestación pública de apoyo a quien accedería a la Presidencia de la República en 1928 haya traído consigo alguna forma de respaldo a las aspiraciones de infraestructura por parte del vecindario. A continuación, un detalle del anuncio publicado en el periódico La Prensa el 2 de marzo de 1927.




La nueva iglesia

Es 1928 y la iglesia está pintada y casi concluida. Ha tomado más de 15 años llevar a cabo esta empresa. En mayo de ese año, la Junta Edificadora aún tiene una deuda de 6000 colones, que irá amortizando mediante un sistema de suscripción directa y voluntaria por medio de cédulas de alegorías de la vida de San Francisco de Asís (23). Cuando el arzobispo Rafael Otón Castro hace su visita pastoral en agosto, la deuda se ha reducido a poco más de 3000 colones. El informe de esta visita presenta una bella descripción del recibimiento por parte del vecindario y deja ver la satisfacción de las autoridades con el estado de la nueva iglesia:

En el puente del Río María Aguilar le esperaba ya una parte del pueblo y una carroza adornada, llevando en ella la Imagen del Santo Patrono del lugar y muchos niños que servían de precioso adorno. Frente a la Casa del Mayordomo don Honorio Guzmán esperaban muchísimos fieles. Con la Cruz Alta adelante se continuó una especie de procesión hasta la Iglesia. En el camino se notaba la preocupación que habían tenido los vecinos y el gusto de que estaban animados por la llegada de su pastor, pues eran muchos los arcos y adornos con que habían engalanado el trayecto. (...) Se hizo la Confirma y acto seguido se procedió a la inspección de la Iglesia con sus ornamentos, vasos sagrados, imágenes, etc. quedando muy complacido el Excmo. Sr. Arzobispo del adelanto de la Iglesia, hoy casi concluída, con una hermosa decoración interior, con todas las cosas del culto en buen estado y bien cuidadas por el señor Mayordomo que hace las veces de Sacristán. (24)




Escuela, iglesia y plaza pública

En mayo de 1931, los diputados Rogelio Sotela y Carlos Manuel Jiménez Ortiz presentan, ante el Congreso de la República, una iniciativa para destinar 20 000 colones a la construcción de un edificio escolar en San Francisco de Dos Ríos (25), pues los vecinos cuentan ya con ese solar para ese fin. Observe el valor que le confieran a la educación pública, digno de admirar, sobre todo en los tiempos actuales:

...Nuestro orgullo de costarricenses se complace al observar que, en cada villorio, la casa más amplia y más bella es el edificio escolar, la casa de todos.

Hay, sin embargo, Señores Diputados, un pueblo cercano a la capital que no tiene escuela, por más que sus moradores han estado gestionando, desde hace tiempo, con singular empeño, la construcción. Nos referimos al pueblo de San Francisco de Dos Ríos, que cuenta con una población escolar importante, cerca de cien niños, que ahora se ven obligados a recibir sus clases en un caserón ruinoso, sin aire, sin luz, sin sol, sin ninguna comodidad y que amenaza desplomarse con uno de estos aguaceros del invierno que se inicia. (26)

La Comisión de Educación Pública del Congreso determina que, para la atención de los 95 escolares que tiene la comunidad, es indispensable un edificio de tres aulas, más un departamento para dirección, corredores, baño y servicio sanitario (27).

En 1932 se va perfilando el centro del distrito, que ocuparán la escuela, la iglesia y un nuevo espacio: la plaza pública. De esa época data una deuda con el propietario del terreno correspondiente a esta última (28). Sin embargo, el vecindario disfrutaba de la plaza desde antes de esa fecha; es probable que en ella se realizaran partidos de futbol, pues se contaba con un equipo: el Club Sport de San Francisco de Dos Ríos (29).

Para definir ese centro de la comunidad, se realiza un movimiento de propiedades que conviene a los intereses escolares del distrito (30) y para agrandar el terreno donde está edificada la Iglesia (31). En concordancia con este propósito, en 1934, el Congreso de la República aprueba una partida de 15 000 colones para la construcción de la escuela, por iniciativa del diputado David Rojas Flores (32) y, al año siguiente, autoriza a la Municipalidad de San José para que asuma el pago de la deuda con el anterior dueño del terreno de la plaza pública, debido a que el distrito no cuenta con fondos para hacer frente a esta obligación (33).

Cuenta una historia que, por esos años de 1930, la maestra Talía Guevara recibió, en la modesta escuelita situada frente a la plaza pública, a un hombre que preguntaba por las condiciones del centro educativo y que ese hombre resultó ser nada más y nada menos que el presidente de la República, León Cortés Castro, quien hizo posible, finalmente, la construcción del primer pabellón de la escuela actual. Leyenda o verdad, lo cierto es que el edificio inicial data, en efecto, de la administración Cortés Castro.

Así lucía la plaza pública de San Francisco de Dos Ríos en la década de 1940. A la derecha puede observarse la escuela, constituida por tres aulas o dos aulas y una dirección. Al fondo a la izquierda, la delegación policial y, hacia la derecha, un imponente árbol de álamo, esa especie que le daría nombre al barrio que años más tarde se fundaría en esa misma zona. 



Fotografía propiedad de María Marta Cascante Garbanzo.


Este espacio, conformado por la iglesia de 1915 (que se finalizó en 1928), la escuela (cuyo primer pabellón data de finales de 1930) y la plaza pública (donde se celebraban partidos de futbol desde la década de 1920), constituye ese centro de la vida comunal del San Francisco Viejo de menos de 200 casas y al menos cinco calles empolvadas entre la espesura de aquellos cafetales que formaban la mayor parte del territorio de los Dos Ríos.


Referencias

(1) Fondos Antiguos, caja 445, folios 193-200.

(2) Diccionario Geográfico. 1904. Citado por José Nelson Rojas Gamboa, Tras las huellas del hermano de Asís.

(3) Fondos Antiguos, caja 445, folios 193-200.

(4) San Francisco de Dos Ríos, Libro Mayordomo 1869, Libro de la Mayordomía de San Francisco de Dos Ríos (1869-1895). San Francisco de Dos Ríos, Libro de Cargo 1869, Mayordomía de la Filial de San Francisco de Dos Ríos que pertenecía la parroquia El Carmen-San José, 1869-1898. San Francisco de Dos Ríos, Libro de Fábrica 1898-1921. Libro de Acuerdos núm. 7 (julio 1897 a julio 1904). Libro de Acuerdos núm. 8 (1 agosto 1904 a 1910), folio 62. Fondos Antiguos, caja 442, folio 611, 14 de agosto de 1900.

(5) Comunicación personal, diciembre de 2024.

(6) Informes de las escuelas públicas y sus construcciones. Año de 1885.

(7) Informe anual de la Inspección de Escuelas. Provincia de San José. 1891-2. Tipografía Nacional, 1892.

(8) Informe anual de la Inspección de Escuelas. Provincia de San José. 1891-2. Tipografía Nacional, 1892.

(9) Serie Congreso. Núm. 190602. Decreto No. 72. 4 folios. 1909, junio 29.

(10) Serie Congreso. Núm. 190602. Decreto No. 72. 4 folios. 1909, junio 29.

(11) Fondos Antiguos, caja 445, folios 193-200.

(12) Visitas Pastorales. Libro V. (V Libro de Santa Visita del Ilmo. 1) Señor Obispo Thiel. Enero de 1889-junio de 1900. 2) Ilmo. Sr. Obispo Stork. Abril de 1907-marzo de 1908.

(13) Libro de Acuerdos núm. 9. Acuerdo núm. 18, folio 76.

(14) Carpeta de San Francisco de Dos Ríos. Curia Metropolitana.

(15) La Época, sábado 24 de abril de 1915.

(16) Tomado de un volante de la época. Archivo de la casa parroquial de San Francisco de Dos Ríos.

(17) Acta de la colocación de la primera piedra de la iglesia de San Francisco de Dos Ríos. Archivo de la casa parroquial de San Francisco de Dos Ríos.

(18) Tomado de un volante de la época. Archivo de la casa parroquial de San Francisco de Dos Ríos.

(19) Diario de Costa Rica, 7 de marzo de 1922.

(20) Wilburg Jiménez Castro, Presentación. Costa Rica, Ministerio de Economía y Hacienda. Censo de Población de Costa Rica. 11 de mayo de 1927. San José, 1960.

(21) Costa Rica, Ministerio de Economía y Hacienda. Censo de Población de Costa rica. 11 de mayo de 1927. San José, 1960.

(22) Boletas censales San Francisco de Dos Ríos. Censo de Población de Costa Rica. 11 de mayo de 1927.

(23) Visita Pastoral de Rafael Otón Castro. Visitas Pastorales 1923-1934; 1963-1968.

(24) Visita Pastoral de Rafael Otón Castro. Visitas Pastorales 1923-1934; 1963-1968.

(25) Procedencia: Congreso. Núm. 15 912. Con Decreto núm. 29 del 26 de mayo de 1931 se autoriza la erogación de C20 000 para construir un edificio escolar en San Francisco de Dos Ríos. Sancionado. 5 folios. 1931. Mayo 27. (Publicado en Gaceta núm. 119 de 29 de mayo de 1931.)

(26) Procedencia: Congreso. Núm. 15 912. Con Decreto núm. 29 del 26 de mayo de 1931 se autoriza la erogación de C20 000 para construir un edificio escolar en San Francisco de Dos Ríos. Sancionado. 5 folios. 1931. Mayo 27. (Publicado en Gaceta núm. 119 de 29 de mayo de 1931.)

(27) Procedencia: Congreso. Núm. 15 912. Con Decreto núm. 29 del 26 de mayo de 1931 se autoriza la erogación de C20 000 para construir un edificio escolar en San Francisco de Dos Ríos. Sancionado. 5 folios. 1931. Mayo 27. (Publicado en Gaceta núm. 119 de 29 de mayo de 1931.)

(28) Decreto núm. 29 de 4 de junio que dispone facultar a la Municipalidad de San José para que asuma el pago de la deuda por C4.413.24 y de C7.699.96 a favor de Guillermo Peters y Juan Rafael Chaves respectivamente por los terrenos para las plazas públicas de aquella y de la Uruca. 7 folios. 1935. Junio 7. (Congreso #17237)

(29) Diario de Costa Rica, 11 de noviembre de 1926.

(30) Cambio de finca de la Junta de Educación por una finca propiedad de Juan Rafael Chaves Echandi. Tomado de La Gaceta, Diario Oficial, San José, Costa Rica: miércoles 13 de enero de 1932. Cambio de finca de la Junta de Educación por una finca propiedad de Juan Rafael Chaves Echandi (rectificación de datos). Tomado de: La Gaceta, Diario Oficial, San José, Costa Rica: miércoles 3 de febrero de 1932.

(31) Cambio de finca propiedad de la Junta de Educación por otra propiedad de Juan Rafael Chaves Echandi, quien a su vez vende aquella a las Temporalidades de la Arquidiócesis de San José para agrandar el terreno donde está edificada la iglesia de San Francisco de Dos Ríos. Carpeta de San Francisco de Dos Ríos, Curia Metropolitana.

(32) Procedencia: Congreso. Núm. 16866. Decreto núm. 78 de 21 de junio que destina C15.000, para que se construya un edificio para la escuela de aquel lugar. Sancionado. 4 folios. 1934. Junio 22.

(33) Decreto núm. 29 de 4 de junio que dispone facultar a la Municipalidad de San José para que asuma el pago de la deuda por C4.413.24 y de C7.699.96 a favor de Guillermo Peters y Juan Rafael Chaves respectivamente por los terrenos para las plazas públicas de aquella y de la Uruca. 7 folios. 1935. Junio 7. (Congreso #17237)


Imagen inicial: Sebastian May en Pixabay.

sábado, 30 de noviembre de 2024

 TODO EMPEZÓ CON LAS VENTANAS


La pintura se ensucia, aquel fusible se quema, un canal cuelga del tejado. Algunos avisos de deterioro aparecen de forma continua. Aunque incómodos, sus efectos se pueden paliar con uno que otro remiendo y el auxilio del albañil. Pero no has sabido nada de molestias hasta que llega la discontinuidad. Esa es alarmante.

Todo empezó con las ventanas. En los tiempos mejores, en los que una repara siempre tarde, se colaba a través de ellas el paisaje de barrio capitalino. También trazos verticales, llanos, diagonales y arqueados que traían consigo otros mundos. Mucho dependía de esos cristales, pues su capacidad de dejar pasar la luz hacía posible mi placer y subsistencia.

Primero fue una telaraña; no hubo escoba que pudiera con ella. Al poco tiempo, sombras casi imperceptibles atravesaban el marco llevándome a pensar que veía gente muerta. Unos días más y el extrañamiento sutil devino en película gore: hilos de sangre corrían por los vidrios. ¿Les he contado que nadie más podía verlos? Como suele ocurrir cuando las situaciones nos desbordan, les apliqué un tratamiento profundo de agua, sales minerales, hormonas y proteínas, pero de nada sirvió.




El auxilio del albañil se mostraba ahora insuficiente. Dudé entre un exorcismo y la consulta a un experto en ciencias profanas. La antigüedad del inmueble vino a ser la única explicación para estos fenómenos que les he confiado. Trescientos veinticuatro disparos de luz contuvieron la decadencia, mas no el desconcierto.

Hoy los cristales exhiben ocasionalmente destellos luminosos, como los que percibía la Sibila del Rin. Un parche opaco y algunas formas de espermatozoides y moscas que flotan intentando escapar se las dan de graciosos y juegan con mi paciencia. A veces las moscas simulan ser comas y no sé si una tilde está allí o solo me la imagino; si el trazo tiene una serifa o se trata de un resto de la sangre que verdaderamente existió.

Desgarro de retina sin desprendimiento con hemorragia del vítreo, diagnosticó el experto. Yo le digo primer aviso serio de mi "avanzada juventud", a lo Gioconda Belli, de que los cimientos de esta casa ya no son los mismos. ¿Será que también el alma, esa que sabe más que nadie de claridades y de noches oscuras, va tomando otros rumbos?


viernes, 4 de octubre de 2024

 LA ÉPOCA DEL ORATORIO
(1837)


Para Fernando Méndez Blanco,
a quien le habría encantado
hacer de baquiano en esta ruta.


Un paraje nombrado los dos ríos. Varios documentos de principios del siglo XIX llaman de esta forma a un barrio josefino entre el María Aguilar y el Tiribí (1). Estos dos ríos y tres calles públicas --una que sube hacia San Antonio, otra que va para los Desamparados y una de los Madrigales (2)-- nos dan un esbozo de ese lugar situado a cuatro kilómetros del casco de San José.

Dentro de estos límites se desarrollaba una vida de comunidad desde mediados del siglo XVIII, sino antes. De ello da cuenta un litigio entre los vecinos del Valle de Aserrí y los pueblos originarios de Curridabat por unas tierras donde hoy se ubican San Francisco de Dos Ríos y Zapote; los de Aserrí alegaban ser de los primeros pobladores y descubridores de estos territorios (3). Súmese a esto una contribución de 266 reales que hizo el vecindario en 1801 para establecer un cuartel en la Calle Real de San José (4).

Es probable que en 1837 el paraje nombrado los dos ríos contara con un oratorio (5). La difusión del cultivo del café a partir de 1830 pudo haber hecho de ese un momento propicio para pensar en una edificación comunal. Quizás algunos vecinos se vieron con unos reales de más que los motivaron a impulsar esta empresa.

Es probable también que, a raíz de la instauración de esa ermita aproximadamente en 1837, el barrio adoptara el nombre de su patrono. En un documento de 1838, aparece registrado por vez primera San Francisco de Dos Ríos (6). Sin embargo, esta denominación --lo mismo que sus variantes San Francisco Dos Ríos (7), sin la preposición, y San Francisco de los Dos Ríos (8), con preposición y artículo-- coexistirá todavía durante muchos años con la anterior: solo Dos Ríos o los Dos Ríos (9).

Le invito a hacer un recorrido por esta comunidad, atravesando algunas de las haciendas, fincas, potreros, cercos y solares que existían alrededor de 1837. Nuestros mapas consisten en documentos históricos relacionados con trámites testamentarios y de compraventa de fincas de café en un periodo que, producto de la capitalización del agro, verá un incremento de transacciones comerciales: entre 1834 y 1850 al menos diez fincas de los Dos Ríos cambiaron de dueño (10). Documentos parroquiales y datos genealógicos nos ayudarán a complementar este paseo con informaciones acerca de la participación de algunos personajes y familias durante la segunda mitad del siglo XIX y el transcurso del siglo XX, en una especie de prolepsis o anticipación de acontecimientos.

La siguiente imagen, del renombrado fotógrafo Manuel Gómez Miralles, corresponde a una calle en el San Francisco de los Dos Ríos de 1922. Si le asombra la diferencia con el paisaje actual, ¡imagine cómo pudo haber sido en 1837!



Casa donde estuvo la segunda pulpería de Bolívar Calderón,
frente a la Villa Portugal (información de Alberto Bermúdez).

Para nuestra caminata, nos basaremos en estos cinco puntos de referencia: al oeste, la calle para los Desamparados, que marca el límite actual con el distrito de San Sebastián; la denominada calle que sube para San Antonio, que corresponde a la principal de los Dos Ríos; la calle de los Madrigales, en el límite este, con el cantón de Curridabat; y, por supuesto, los ríos María Aguilar, por el norte, y Tiribí, por el sur, que señalan los linderos con Zapote y Desamparados, respectivamente. El mapa del distrito, de 2013, nos da una idea gráfica de estos límites:




Fuente: Municipalidad de San José, Dirección de Planificación y Observación, Observatorio Municipal. Ficha de información distrital. Distrito San Francisco. La Municipalidad, 2013, p. 12.


Propiedad de Braulio Carrillo

Empecemos por la calle para los Desamparados, al oeste. Cerca de ese punto y hacia el María Aguilar, se ubica una posesión de nopal, caña, plátano y café, con una casa de teja. Le pertenece a Braulio Carrillo (11). Aprovechemos la mención a Carrillo, en ese entonces jefe supremo del Estado costarricense, para aclarar que personajes de la élite político-económica del país tenían propiedades en los suburbios de San José y en otras partes del Valle Central, lo que no significa que vivieran en ellas. Algunos de los nombres que aparecen en esta reseña corresponden a habitantes de la ciudad de San José, no del barrio de los Dos Ríos.

En los alrededores de la posesión de Braulio Carrillo, están los cercos de José Bermúdez y Cayetano Bermúdez (12). Recordemos que la palabra cerco se emplea, en el español de Costa Rica, para referirse a un terreno cercado, contiguo a la casa campesina o en la parte posterior de esta, en el cual se sembraban plátanos, chayoteras, café y uno que otro árbol frutal (13).

Hacienda Bella-vista

Colindante en ciertos puntos con esta calle para los Desamparados, pero del lado del Tiribí, está la hacienda Bella-vista, de José María Mora. Consta de 25 manzanas de terreno distribuidas entre la hacienda principal, compuesta por unos 30 000 pies de café, algunas áreas frutales, dos potreros, un patio de beneficio y habitaciones (14). Se trata de una típica hacienda cafetalera, por su mayor extensión, con un plantío considerable y construcciones tales como la casa y el patio de beneficiar.

En las inmediaciones de la Bella-vista, está un cerco de Andrea y María Cascante (15). También hay un solar perteneciente a Salomé Jiménez que está sembrado de un tipo de pasto conocido como gamalote (16). Otra propiedad, de José Antonio Campos, consiste en una casa de teja y madera labrada, con un trapiche, dos potrerillos divididos, un cerco de milpear y otro de cañaveral (17).

Hacienda de Rafael Barroeta

Esa misma calle para los Desamparados sirve de límite, por el sur y el oeste, a la hacienda de Rafael Barroeta: casa, trapiche, caña, cafetal y potrero (18). Aunque esta época marca el inicio del auge cafetalero, este producto todavía coexistía con sembradíos de caña de azúcar, maíz y pasto, como se observa en esta y otras propiedades de nuestro paseo.

En las inmediaciones de la hacienda de Barroeta, se localiza un cafetal que había sido de Josefa Boniche, esposa de Demetrio Méndez, agricultor y vecino de la aldea de los Desamparados; se compone de dos manzanas de terreno con unos 3000 pies (19). También está un potrero de Pasión Valverde (20), una propiedad de Manuel Antonio Bonilla (21) y otra de Antolino y Juana Prado (22).

A propósito de los Prado

Es probable que la propiedad de los Prado terminara siendo punto de referencia del barrio; algunos francisqueños nacidos a principios del siglo XX solían llamar cuesta de Prado a la pendiente que va del actual Parque Méndez hacia Faro del Caribe. Aprovechemos que hemos hecho un alto en este apellido para rescatar que en 1837 tiene seis años Justo del Carmen Prado Romero (23), quien dará su vida, junto con otros tres soldados de los Dos Ríos, en la Campaña Nacional de 1856 y recibirá sepultura en la hacienda de Santa Rosa (24).

Dos haciendas de Domingo Carranza

Antes de finalizar este trayecto por el lado del Tiribí, está una propiedad de Domingo Carranza, en las inmediaciones de la hacienda de Barroeta y la propiedad de los Prado (25). Posee 26 y media manzanas y se ubica entre la calle que sube de los Dos Ríos para San Antonio al norte y el río Tiribí al sur (26).

También le pertenece a Domingo Carranza una hacienda con unos 8000 pies de café, casa, cocina y patios para beneficiar el grano, que antes había sido de Juan Rafael Mora (27). De esta forma, dirigiremos nuestros pasos hacia el norte del barrio, del lado del María Aguilar, y llegaremos al centro de los Dos Ríos, porque son vecinos de Carranza los Guerrero, los Mora y los Romero, tres de las familias que vamos a encontrar a lo largo de los registros que dan cuenta de la vida comunal, documentada alrededor de las actividades religiosas.

Los Guerrero

Esta propiedad es muy significativa en nuestro recorrido, pues se halla junto al oratorio (28). Ahí viven Juan Guerrero y su esposa María Trejos. De sus trece hijos sobreviven cinco: María de los Ángeles, Félix, Antonia, Higinia Josefa y Seferina (29).

Acaso la vecindad con la ermita haya despertado en esta familia una preocupación especial acerca del cuidado de aquel pequeño recinto que vendría a congregar a los vecinos del barrio. Ya entrado el siglo XX, encontraremos a María Benancia Guerrero Mora (1852-1940), hija de Félix Guerrero y Santos Mora y, por lo tanto, nieta de Juan Guerrero y María Trejos. Ella y su hija, Silvia Muñoz Guerrero (30), velarán por el ornato de la ermita, tocarán las campanas y atenderán a los sacerdotes que llegan a oficiar misa. El esposo de Silvia, Joaquín Abarca, tendrá un daliar detrás del templo, con cuyas flores preparará arreglos para las misas de difuntos y para celebraciones como la del Corpus Christi (31). Años más tarde, en 1956, Silvia regalará un lote de su propiedad (322 metros cuadrados) para colaborar en la construcción del actual templo (32).

Los Mora

Cerca de los Guerrero viven Antonio Mora y Catalina Céspedes. Tienen nueve hijos: Juan Francisco, Antonia, Vicenta, Juan, Ubaldo, María, María de los Ángeles, Anastasia y Ramona (33). Los descendientes de esta familia también participarán en las actividades religiosas del barrio. Un nieto de Antonio y Catalina (34), Julián Mora Reyes, será el primer mayordomo de la ermita (35) y ejercerá esa función a lo largo de casi 30 años; su casa constituirá un punto de encuentro para el vecindario en su interés de organizarse (36); en 1898, el obispo Bernardo Augusto Thiel, en su visita pastoral al barrio, se apeará de su caballo en la casa de los Mora para entrar a la iglesia, en medio del repique de campanas y el reventar de la pólvora (37).

Los Romero

Junto a la hacienda de Carranza, hacia el este, se halla el potrero de Calixto Romero y Josefa Isidora Guerrero, quienes tienen cuatro hijos. Este apellido lo encontraremos con frecuencia en los libros parroquiales a través de Juan Romero Alpízar, quien ocupará el cargo de mayordomo del templo en 1916 (38), de ese cuya primera piedra se había colocado en 1915. Su madre, Eduarda Alpízar, y su hermana, Eloísa Romero, participarán en la compra de reclinatorios mediante contribuciones personales y organizando rifas para esa edificación. Pero ahí no acaban las contribuciones de esta familia: en 1967, Gabina Ureña, esposa de Juan Romero, donará un lote con el objeto de que su venta contribuya a financiar la construcción del templo actual (39). La presencia de esta familia se ve reflejada en sus descendientes, todavía vecinos de los Dos Ríos, y en la denominación de una calle con su apellido, la Calle Romero.




Los Madrigal

Vamos llegando al término de la caminata, en la calle de los Madrigales. Ahí se encuentran varias propiedades de un hijo de Josef Manuel Madrigal Basquez llamado Sebastián. Él está casado desde 1826 con Vicenta Mora (40), hija de Antonio Mora y Catalina Céspedes. Entre sus haberes está un terreno de más de diez manzanas, con una pequeña parte sembrada de café y una calle privada, lo mismo que otros cercos y cafetales.

Lindante con alguna de sus propiedades está un terreno de José María Castro, quien es dueño además de otros cercos, cafetales y potreros en esa misma área (41). Ildefonso Carrillo posee un cafetal y potrero del lado del María Aguilar que también limita con la calle de los Madrigales.

Como dato relevante, la calle que va desde el centro de Curridabat, pasando por el actual Barrio San José, hasta llegar al límite con San Francisco lleva el nombre de Adolfo Madrigal (1863-1952), cuyo bisabuelo, Joseph Lorenzo Madrigal Basquez era hermano del padre del Sebastián Madrigal a cuyos terrenos nos referimos aquí.




Sobre la consideración de las propiedades de Sebastián Madrigal como parte de los Dos Ríos, debemos recordar que en aquella época la división político-administrativa (también la eclesiástica) no estaba definida como en la actualidad. En 1825 Curridabat había sido integrado al Departamento de San José y en 1841 se lo considerará uno de los barrios de San José, con cinco divisiones administrativas, una de las cuales era San Francisco de Dos Ríos (43).

En este recorrido se nos ha quedado por fuera mucha gente. ¡Imagínese que, producto de la peste del cólera, las muertes en el barrio de los Dos Ríos ascendieron a 171 entre el 8 de mayo y el 15 de julio de 1856 (44)! Esa gente que no suele aparecer en los documentos políticos o comerciales importantes. Esa cuyas casas no quedan para el recuerdo. Pero que estuvieron ahí, sufrieron y soñaron sus vidas en un barrio de los Dos Ríos muy distinto al que conocemos hoy. Florencia, Casilda, Domingo, Venancio, Telésforo, Josefa, Ildefonso, Rosario, Nicolasa, Tomasa, Basilio, Ascensión, Prudencia, Longino, Narciso, Policarpo, Teódulo, Mauricia, Eulalia, Gordiana, Trinidad, Siriaco, Pascual, Bartolo, Justo, Candelaria...



Fuentes

(1) Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 53v, julio 31. Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 62v, agosto 28. Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 68, setiembre 11. Protocolos de San José, núm. 529, año 1842, folio 178, setiembre 29.
(2) Protocolo Colonial de San José, núm. 540, año 1845, folio 6, enero 11.
(3) Carlos Molina Montes de Oca, Garcimuñoz: La ciudad que nunca murió. Los primeros cien días de Costa Rica. EUNED, 1993, p. 258.
(4) José Nelson Rojas Gamboa, Tras las huellas del hermano de Asís. Historia y geografía del distrito de Dos Ríos. San Francisco de Dos Ríos, 1995, p. 7.
(5) En otra entrada de este blog (4 de octubre de 2020), me he referido a la iniciativa vecinal llevada a cabo en 1862 de reconstruir la ermita del barrio, que contaba ya con 25 años.
(6) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3. Protocolos de San José, núm. 526, año 1841, folio 11v, marzo 17. Protocolos de San José, núm. 533, año 1844, folio 294, setiembre 30.
(7) Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 48, abril 4. Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 114, octubre 27. Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 115v, noviembre 7.
(8) Protocolos de San José, núm. 537, año 1847, folio 13v, noviembre 5.
(9) Protocolos de San José, núm. 502, año 1834, folio 67v, julio 30. Protocolos de San José, núm. 523, año 1840, folio 108, setiembre 4. Protocolos de San José, núm.  530, año 1843, folio 262, noviembre 2. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(10) Eugenia Rodríguez e Iván Molina. Compraventas de cafetales y haciendas de café en el Valle Central de Costa Rica (1834-1850). Anuario de Estudios Centroamericanos, 18(1), 2012, pp. 29-50.
(11) Protocolos de San José, núm. 529, año 1842, folio 29, febrero 1.
(12) Ídem.
(13) Carlos Gagini, Diccionario de costarriqueñismos. Imprenta Nacional, 1919. Miguel Ángel Quesada Pacheco, Nuevo diccionario de costarriqueñismos (tercera edición). Editorial Tecnológica, 2001.
(14) Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(15) Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2.  Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(16) Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2.  Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3. Protocolos de San José, núm. 500, año 1833, folio 2, enero 9.
(17) Protocolos de San José, núm. 529, año 1842, folio 178, setiembre 29. Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(18) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 33v, abril 16.
(19) Protocolos de San José, núm. 533, año 1844, folio 294, setiembre 30.
(20) Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 42, abril 5.
(21) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3.
(22) Protocolos de San José, núm. 562, año 1849, folio 95v, junio 30.
(23) Libro de Bautizos de San José (13, 412, 493).
(24) Revista El Mensajero del Clero, mayo de 1932.
(25) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3.  Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 33v, abril 16. Protocolos de San José, núm. 562, año 1849, folio 95v, junio 30.
(26) Protocolos de San José, núm. 512, año 1837, folio 86v, diciembre 27.
(27) Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 62v, agosto 28. Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 68, setiembre 11. Protocolos de San José, núm. 562, año 1849, folio 95v, junio 30.
(28) Entrevista a Vera Muñoz, realizada el 30 de setiembre de 1998.
(29) Protocolos de San José, núm. 511, año 1836, folio 55v, julio 23.
(30) Costa Rica, Registro Civil, 1823-1975. Búsqueda en Family Search. Entry for Maria Guerrero Mora and Felix Guerrero, 1 Aug 1941.
(31) Entrevista a Vera Muñoz, realizada el 30 de setiembre de 1998.
(32) Libro de Actas. Comité Pro Construcción Iglesia de San Francisco Dos Ríos (7 de marzo 1956 al 19 julio 1961). Actas del 7 nov. 1956, 9 enero 1957, 30 abril 1957, 21 mayo 1957, 1 oct. 1957 y 22 oct. 1957.
(33) Protocolo de San José, núm. 521, año 1840, folio 12v, feb. 10.
(34) Fondos Antiguos. Libro núm. 62, caja 76, expediente 85.
(35) San Francisco de Dos Ríos. Libro de Cargo 1869 (Mayordomía de la filial de San Francisco de Dos Ríos, que pertenece a la parroquia El Carmen-San José) 1869-1898. Anotación del 25 de julio de 1869.
(36) San Francisco de Dos Ríos. Libro Mayordomo 1869. Libro de Data Mayordomía de San Francisco de Dos Ríos (1869-1895). Anotación del 1 de marzo de 1890.
(37) Visitas Pastorales 1882/1898 y 1899. Libro núm. 4, folio 215.
(38) San Francisco de Dos Ríos. Libro de Fábrica 1898-1921. Anotación del 20 de octubre de 1918.
(39) San Francisco de Dos Ríos. Libro de Actas de la Junta Edificadora. 28 de junio de 1965 a 16 de mayo de 1972. Anotaciones del 24 de julio, 28 de agosto, 5 de setiembre, 2 de octubre, 24 de octubre, todos de 1967.
(40) Costa Rica, registros parroquiales y diocesanos, 1595-1992. Búsqueda en Family Search. Entry for Sebastian Madrigal Meun and Manuel Madrigal, 2 Oct 1826.
(41) Protocolos de San José, núm. 553, año 1847, folio 57, noviembre 18.
(42) Protocolo Colonial de San José, núm. 540, año 1845, folio y, enero 11.
(43) Mariana Campos Vargas, Edificaciones, haciendas y viviendas en Curridabat, una comunidad cafetalera del Valle Central de Costa Rica (1900-1950). Revista del Archivo Nacional, 75(1-12), 2011, pp. 71-98.
(44) Libro núm. 12 de Defunciones de San José.

sábado, 24 de agosto de 2024

 MARIPOSA RECIÉN NACIDA


Cuando la chiquilla se internó en el bosque, escuchó el sonido de un arroyo y se desvió. Las nubes se acercaron a reconocer tal osadía dejando a su paso una bruma que pintaba la vegetación de escenas fantasmagóricas. Pájaros campana y ranas amarillas lo envolvieron todo con insistentes llamados. Los pequeños zapatos escolares avanzaban como patines sobre las hojas y hacían que queso, aguadulce y tortillas se mecieran en la canasta. Esa sencilla gastronomía aderezada con el amor de su madre no debía sucumbir a un resbalón. Para aferrarse mejor al suelo y conservar el equilibrio, se quedó descalza y decidió aguantar el rechazo instintivo que le producía el contacto de sus pies desnudos con los bichos y todo tipo de malezas que salían a su encuentro. Había sido oportuno hacerse acompañar de su impermeable rojo en semejante travesía.

¿Estará preocupada la abuela por mi retraso? No lo creo, se tranquilizaba. La señora, con la obstinación de quien ha sabido encontrar un lugar de acogida en el mundo, disfruta viviendo sola. Es más, no sería extraño que ahora mismo se entretuviera atendiendo a alguna de las visitas que de la nada aparecían en la puerta de su casa. Una chica enamorada extraviada. Un muchacho que debe superar una prueba. Había jovencitas que pasaban por ahí, le ayudaban en los quehaceres y aprendían a ser compasivas o descubrían alguna verdad que se les había ocultado. Otros precisaban de más ayuda, una sobrenatural, como un objeto mágico o un don extraordinario para llevar a cabo una tarea. La astucia de su pariente era tanta que una vez volvió deseable a una doncella a quien le prodigó la pócima de un simple baño.

De esta forma iban columpiándose sus pensamientos como mono congo de rama en rama, cuando empezó a sentir dolor en la barriga. Un frío se le coló por los pies y se sintió extrañamente débil. Para paliar la incomodidad, se sentó cerca del riachuelo. Se bebió la aguadulce, que siempre entona cualquier descompensación del cuerpo y hasta del alma, y se preparó un gallo de queso tierno. Recordó entonces que su abuela le había dicho que la zona estaba repleta de hongos comestibles, pero ella no conocía su apariencia; así que se dejó llevar por sus impulsos y tomó los primeros que vio, los más coloridos, por cierto.




Pasado un rato de descanso, sintió como si no fuera ella. Los pies estaban en tierra, pero su mente revoloteaba cual mariposa recién nacida, eufórica, con la certeza de que, si bien es joven, su muerte está cerca. Una parte suya casi podía volar con las hojas de los helechos movidas por el viento. Otra estaba tan pesada como si unos yunques la atrajeran hacia una fuerza desconocida que habitaba en su vientre. A la distancia, entre un banco de niebla, un par de ojos emitían un brillo débil. ¿Será la abuela, que ha salido a buscarme con su vecino, el antiguo jefe de los guardaparques? Las linternas se acercaron hasta tomar la forma de un jaguar de ojos brillantes, que se plantó a verla, a la espera del menor descuido de la niña. Esta quedó paralizada cuando el felino le habló para decirle que no le temiera, que una bestia no representaba ningún peligro sino el hombre. La mariposa de su mente la trasladó de inmediato al pueblo, donde unos ojos acechantes la observan con odio. No sabe leer el deseo en esas miradas. Piensa que algo malo debe de haber hecho para caerles tan mal a sus vecinos, y hasta a sus vecinas, que ya no la ven como antes, sino que la examinan con recelo para luego dirigir sus ojos a otra parte.

El jaguar caminó bosque adentro y la niña descalza del impermeable rojo lo siguió, esperando encontrar en sus manchas la respuesta a lo que le estaba pasando. No lo pudo alcanzar y, peor aún, ahora su extravío era total. De repente percibió un hilillo de sangre que corría por sus piernas. ¿Qué me pudo haber pasado?, se dijo con una mezcla de sobresalto y risa tonta. ¿Me habrá mordido una coral? ¿Será que me voy a morir? Su cabeza daba vueltas mientras el sol estaba a punto de cobijarse por completo. Un destello en el horizonte dejó ver una silueta a su lado, era una criatura hecha de luz. "Yo también llevo mucho tiempo extraviado en este bosque", escuchó, y tras esas palabras creyó ver al gentil muchacho que había nacido con un pañal de la buena suerte. "Un día solo aparecí aquí", siguió diciendo la criatura, cuya forma se parecía ahora a la de esa muchacha alta, robusta y fea que durante varios años cuidó los gansos de su abuela y terminó casada con un conde. "No sé quién soy ni qué seré": eran las palabras que salían de la boca de un hombre mitad soldado y mitad hormiga, "pero no es necesario llevar prisa, todo tiene su tiempo", finalizó una joven madre cuyas trenzas largas la hicieron famosa y que esperó por años hasta ver a su familia reunida.   

Con una mano cálida y vaporosa capaz de contrarrestar el frío interno que había invadido a la extraviada desde que se acercó al arroyo, la criatura la condujo por un sendero. La niña vio de nuevo unas luces, esta vez más grandes, que salían a su paso y, movida por esa curiosidad extraña que a veces produce el temor, soltó la mano que la sujetaba y empezó a correr hacia ellas esperando que fueran de nuevo los ojos del jaguar. Mientras la amable criatura con cabeza de hormiga se disolvía en la bruma donde había tomado forma, la chiquilla pudo divisar a su abuela, que la andaba buscando desde hacía rato, sin importar que ya se hubiera hecho de noche. La mujer de cabellos grises, líneas de marioneta y ojos brillantes de sabiduría observó con ternura los hilillos rojos en las piernas de su nieta, la tomó en sus brazos y la llevó a casa, donde después de asearla y darle unas cuantas indicaciones sobre el despertar de la belleza, le preparó un té de flores de manzanilla recién cortadas del jardín. Cuatrocientas setenta y dos repeticiones de ese ciclo lunar tenía a su haber la vieja alas de murciélago, patas de gallo y piel de cebolla. Su nieta ahora estaba emparentada también con las fuerzas de la naturaleza. La sentó sobre sus regazos en la mecedora y la cubrió con un abrazo que olía a hierbas, a miel, a polen, a tierra, en ese bosque donde las copas de los árboles se besan con las nubes.



(Imagen de Hendrike, Psychedelic dingbatshttps://commons.wikimedia.org/wiki/File:Psychedelic_dingbats.png)



SABIAS, ASTUTAS  E IMPRUDENTES GALERÍA DE VIEJAS DE LOS CUENTOS POPULARES Muchas explicaciones sobre el origen de los relatos populares gira...