viernes, 4 de octubre de 2024

 LA ÉPOCA DEL ORATORIO
(1837)


Para Fernando Méndez Blanco,
a quien le habría encantado
hacer de baquiano en esta ruta.


Un paraje nombrado los dos ríos. Varios documentos de principios del siglo XIX llaman de esta forma a un barrio josefino entre el María Aguilar y el Tiribí (1). Estos dos ríos y tres calles públicas --una que sube hacia San Antonio, otra que va para los Desamparados y una de los Madrigales (2)-- nos dan un esbozo de ese lugar situado a cuatro kilómetros del casco de San José.

Dentro de estos límites se desarrollaba una vida de comunidad desde mediados del siglo XVIII, sino antes. De ello da cuenta un litigio entre los vecinos del Valle de Aserrí y los pueblos originarios de Curridabat por unas tierras donde hoy se ubican San Francisco de Dos Ríos y Zapote; los de Aserrí alegaban ser de los primeros pobladores y descubridores de estos territorios (3). Súmese a esto una contribución de 266 reales que hizo el vecindario en 1801 para establecer un cuartel en la Calle Real de San José (4).

Es probable que en 1837 el paraje nombrado los dos ríos contara con un oratorio (5). La difusión del cultivo del café a partir de 1830 pudo haber hecho de ese un momento propicio para pensar en una edificación comunal. Quizás algunos vecinos se vieron con unos reales de más que los motivaron a impulsar esta empresa.

Es probable también que, a raíz de la instauración de esa ermita aproximadamente en 1837, el barrio adoptara el nombre de su patrono. En un documento de 1838, aparece registrado por vez primera San Francisco de Dos Ríos (6). Sin embargo, esta denominación --lo mismo que sus variantes San Francisco Dos Ríos (7), sin la preposición, y San Francisco de los Dos Ríos (8), con preposición y artículo-- coexistirá todavía durante muchos años con la anterior: solo Dos Ríos o los Dos Ríos (9).

Le invito a hacer un recorrido por esta comunidad, atravesando algunas de las haciendas, fincas, potreros, cercos y solares que existían alrededor de 1837. Nuestros mapas consisten en documentos históricos relacionados con trámites testamentarios y de compraventa de fincas de café en un periodo que, producto de la capitalización del agro, verá un incremento de transacciones comerciales: entre 1834 y 1850 al menos diez fincas de los Dos Ríos cambiaron de dueño (10). Documentos parroquiales y datos genealógicos nos ayudarán a complementar este paseo con informaciones acerca de la participación de algunos personajes y familias durante la segunda mitad del siglo XIX y el transcurso del siglo XX, en una especie de prolepsis o anticipación de acontecimientos.

La siguiente imagen, del renombrado fotógrafo Manuel Gómez Miralles, corresponde a una calle en el San Francisco de los Dos Ríos de 1922. Si le asombra la diferencia con el paisaje actual, ¡imagine cómo pudo haber sido en 1837!



Casa donde estuvo la segunda pulpería de Bolívar Calderón,
frente a la Villa Portugal (información de Alberto Bermúdez).

Para nuestra caminata, nos basaremos en estos cinco puntos de referencia: al oeste, la calle para los Desamparados, que marca el límite actual con el distrito de San Sebastián; la denominada calle que sube para San Antonio, que corresponde a la principal de los Dos Ríos; la calle de los Madrigales, en el límite este, con el cantón de Curridabat; y, por supuesto, los ríos María Aguilar, por el norte, y Tiribí, por el sur, que señalan los linderos con Zapote y Desamparados, respectivamente. El mapa del distrito, de 2013, nos da una idea gráfica de estos límites:




Fuente: Municipalidad de San José, Dirección de Planificación y Observación, Observatorio Municipal. Ficha de información distrital. Distrito San Francisco. La Municipalidad, 2013, p. 12.


Propiedad de Braulio Carrillo

Empecemos por la calle para los Desamparados, al oeste. Cerca de ese punto y hacia el María Aguilar, se ubica una posesión de nopal, caña, plátano y café, con una casa de teja. Le pertenece a Braulio Carrillo (11). Aprovechemos la mención a Carrillo, en ese entonces jefe supremo del Estado costarricense, para aclarar que personajes de la élite político-económica del país tenían propiedades en los suburbios de San José y en otras partes del Valle Central, lo que no significa que vivieran en ellas. Algunos de los nombres que aparecen en esta reseña corresponden a habitantes de la ciudad de San José, no del barrio de los Dos Ríos.

En los alrededores de la posesión de Braulio Carrillo, están los cercos de José Bermúdez y Cayetano Bermúdez (12). Recordemos que la palabra cerco se emplea, en el español de Costa Rica, para referirse a un terreno cercado, contiguo a la casa campesina o en la parte posterior de esta, en el cual se sembraban plátanos, chayoteras, café y uno que otro árbol frutal (13).

Hacienda Bella-vista

Colindante en ciertos puntos con esta calle para los Desamparados, pero del lado del Tiribí, está la hacienda Bella-vista, de José María Mora. Consta de 25 manzanas de terreno distribuidas entre la hacienda principal, compuesta por unos 30 000 pies de café, algunas áreas frutales, dos potreros, un patio de beneficio y habitaciones (14). Se trata de una típica hacienda cafetalera, por su mayor extensión, con un plantío considerable y construcciones tales como la casa y el patio de beneficiar.

En las inmediaciones de la Bella-vista, está un cerco de Andrea y María Cascante (15). También hay un solar perteneciente a Salomé Jiménez que está sembrado de un tipo de pasto conocido como gamalote (16). Otra propiedad, de José Antonio Campos, consiste en una casa de teja y madera labrada, con un trapiche, dos potrerillos divididos, un cerco de milpear y otro de cañaveral (17).

Hacienda de Rafael Barroeta

Esa misma calle para los Desamparados sirve de límite, por el sur y el oeste, a la hacienda de Rafael Barroeta: casa, trapiche, caña, cafetal y potrero (18). Aunque esta época marca el inicio del auge cafetalero, este producto todavía coexistía con sembradíos de caña de azúcar, maíz y pasto, como se observa en esta y otras propiedades de nuestro paseo.

En las inmediaciones de la hacienda de Barroeta, se localiza un cafetal que había sido de Josefa Boniche, esposa de Demetrio Méndez, agricultor y vecino de la aldea de los Desamparados; se compone de dos manzanas de terreno con unos 3000 pies (19). También está un potrero de Pasión Valverde (20), una propiedad de Manuel Antonio Bonilla (21) y otra de Antolino y Juana Prado (22).

A propósito de los Prado

Es probable que la propiedad de los Prado terminara siendo punto de referencia del barrio; algunos francisqueños nacidos a principios del siglo XX solían llamar cuesta de Prado a la pendiente que va del actual Parque Méndez hacia Faro del Caribe. Aprovechemos que hemos hecho un alto en este apellido para rescatar que en 1837 tiene seis años Justo del Carmen Prado Romero (23), quien dará su vida, junto con otros tres soldados de los Dos Ríos, en la Campaña Nacional de 1856 y recibirá sepultura en la hacienda de Santa Rosa (24).

Dos haciendas de Domingo Carranza

Antes de finalizar este trayecto por el lado del Tiribí, está una propiedad de Domingo Carranza, en las inmediaciones de la hacienda de Barroeta y la propiedad de los Prado (25). Posee 26 y media manzanas y se ubica entre la calle que sube de los Dos Ríos para San Antonio al norte y el río Tiribí al sur (26).

También le pertenece a Domingo Carranza una hacienda con unos 8000 pies de café, casa, cocina y patios para beneficiar el grano, que antes había sido de Juan Rafael Mora (27). De esta forma, dirigiremos nuestros pasos hacia el norte del barrio, del lado del María Aguilar, y llegaremos al centro de los Dos Ríos, porque son vecinos de Carranza los Guerrero, los Mora y los Romero, tres de las familias que vamos a encontrar a lo largo de los registros que dan cuenta de la vida comunal, documentada alrededor de las actividades religiosas.

Los Guerrero

Esta propiedad es muy significativa en nuestro recorrido, pues se halla junto al oratorio (28). Ahí viven Juan Guerrero y su esposa María Trejos. De sus trece hijos sobreviven cinco: María de los Ángeles, Félix, Antonia, Higinia Josefa y Seferina (29).

Acaso la vecindad con la ermita haya despertado en esta familia una preocupación especial acerca del cuidado de aquel pequeño recinto que vendría a congregar a los vecinos del barrio. Ya entrado el siglo XX, encontraremos a María Benancia Guerrero Mora (1852-1940), hija de Félix Guerrero y Santos Mora y, por lo tanto, nieta de Juan Guerrero y María Trejos. Ella y su hija, Silvia Muñoz Guerrero (30), velarán por el ornato de la ermita, tocarán las campanas y atenderán a los sacerdotes que llegan a oficiar misa. El esposo de Silvia, Joaquín Abarca, tendrá un daliar detrás del templo, con cuyas flores preparará arreglos para las misas de difuntos y para celebraciones como la del Corpus Christi (31). Años más tarde, en 1956, Silvia regalará un lote de su propiedad (322 metros cuadrados) para colaborar en la construcción del actual templo (32).

Los Mora

Cerca de los Guerrero viven Antonio Mora y Catalina Céspedes. Tienen nueve hijos: Juan Francisco, Antonia, Vicenta, Juan, Ubaldo, María, María de los Ángeles, Anastasia y Ramona (33). Los descendientes de esta familia también participarán en las actividades religiosas del barrio. Un nieto de Antonio y Catalina (34), Julián Mora Reyes, será el primer mayordomo de la ermita (35) y ejercerá esa función a lo largo de casi 30 años; su casa constituirá un punto de encuentro para el vecindario en su interés de organizarse (36); en 1898, el obispo Bernardo Augusto Thiel, en su visita pastoral al barrio, se apeará de su caballo en la casa de los Mora para entrar a la iglesia, en medio del repique de campanas y el reventar de la pólvora (37).

Los Romero

Junto a la hacienda de Carranza, hacia el este, se halla el potrero de Calixto Romero y Josefa Isidora Guerrero, quienes tienen cuatro hijos. Este apellido lo encontraremos con frecuencia en los libros parroquiales a través de Juan Romero Alpízar, quien ocupará el cargo de mayordomo del templo en 1916 (38), de ese cuya primera piedra se había colocado en 1915. Su madre, Eduarda Alpízar, y su hermana, Eloísa Romero, participarán en la compra de reclinatorios mediante contribuciones personales y organizando rifas para esa edificación. Pero ahí no acaban las contribuciones de esta familia: en 1967, Gabina Ureña, esposa de Juan Romero, donará un lote con el objeto de que su venta contribuya a financiar la construcción del templo actual (39). La presencia de esta familia se ve reflejada en sus descendientes, todavía vecinos de los Dos Ríos, y en la denominación de una calle con su apellido, la Calle Romero.




Los Madrigal

Vamos llegando al término de la caminata, en la calle de los Madrigales. Ahí se encuentran varias propiedades de un hijo de Josef Manuel Madrigal Basquez llamado Sebastián. Él está casado desde 1826 con Vicenta Mora (40), hija de Antonio Mora y Catalina Céspedes. Entre sus haberes está un terreno de más de diez manzanas, con una pequeña parte sembrada de café y una calle privada, lo mismo que otros cercos y cafetales.

Lindante con alguna de sus propiedades está un terreno de José María Castro, quien es dueño además de otros cercos, cafetales y potreros en esa misma área (41). Ildefonso Carrillo posee un cafetal y potrero del lado del María Aguilar que también limita con la calle de los Madrigales.

Como dato relevante, la calle que va desde el centro de Curridabat, pasando por el actual Barrio San José, hasta llegar al límite con San Francisco lleva el nombre de Adolfo Madrigal (1863-1952), cuyo bisabuelo, Joseph Lorenzo Madrigal Basquez era hermano del padre del Sebastián Madrigal a cuyos terrenos nos referimos aquí.




Sobre la consideración de las propiedades de Sebastián Madrigal como parte de los Dos Ríos, debemos recordar que en aquella época la división político-administrativa (también la eclesiástica) no estaba definida como en la actualidad. En 1825 Curridabat había sido integrado al Departamento de San José y en 1841 se lo considerará uno de los barrios de San José, con cinco divisiones administrativas, una de las cuales era San Francisco de Dos Ríos (43).

En este recorrido se nos ha quedado por fuera mucha gente. ¡Imagínese que, producto de la peste del cólera, las muertes en el barrio de los Dos Ríos ascendieron a 171 entre el 8 de mayo y el 15 de julio de 1856 (44)! Esa gente que no suele aparecer en los documentos políticos o comerciales importantes. Esa cuyas casas no quedan para el recuerdo. Pero que estuvieron ahí, sufrieron y soñaron sus vidas en un barrio de los Dos Ríos muy distinto al que conocemos hoy. Florencia, Casilda, Domingo, Venancio, Telésforo, Josefa, Ildefonso, Rosario, Nicolasa, Tomasa, Basilio, Ascensión, Prudencia, Longino, Narciso, Policarpo, Teódulo, Mauricia, Eulalia, Gordiana, Trinidad, Siriaco, Pascual, Bartolo, Justo, Candelaria...



Fuentes

(1) Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 53v, julio 31. Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 62v, agosto 28. Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 68, setiembre 11. Protocolos de San José, núm. 529, año 1842, folio 178, setiembre 29.
(2) Protocolo Colonial de San José, núm. 540, año 1845, folio 6, enero 11.
(3) Carlos Molina Montes de Oca, Garcimuñoz: La ciudad que nunca murió. Los primeros cien días de Costa Rica. EUNED, 1993, p. 258.
(4) José Nelson Rojas Gamboa, Tras las huellas del hermano de Asís. Historia y geografía del distrito de Dos Ríos. San Francisco de Dos Ríos, 1995, p. 7.
(5) En otra entrada de este blog (4 de octubre de 2020), me he referido a la iniciativa vecinal llevada a cabo en 1862 de reconstruir la ermita del barrio, que contaba ya con 25 años.
(6) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3. Protocolos de San José, núm. 526, año 1841, folio 11v, marzo 17. Protocolos de San José, núm. 533, año 1844, folio 294, setiembre 30.
(7) Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 48, abril 4. Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 114, octubre 27. Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 115v, noviembre 7.
(8) Protocolos de San José, núm. 537, año 1847, folio 13v, noviembre 5.
(9) Protocolos de San José, núm. 502, año 1834, folio 67v, julio 30. Protocolos de San José, núm. 523, año 1840, folio 108, setiembre 4. Protocolos de San José, núm.  530, año 1843, folio 262, noviembre 2. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(10) Eugenia Rodríguez e Iván Molina. Compraventas de cafetales y haciendas de café en el Valle Central de Costa Rica (1834-1850). Anuario de Estudios Centroamericanos, 18(1), 2012, pp. 29-50.
(11) Protocolos de San José, núm. 529, año 1842, folio 29, febrero 1.
(12) Ídem.
(13) Carlos Gagini, Diccionario de costarriqueñismos. Imprenta Nacional, 1919. Miguel Ángel Quesada Pacheco, Nuevo diccionario de costarriqueñismos (tercera edición). Editorial Tecnológica, 2001.
(14) Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(15) Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2.  Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(16) Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2.  Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3. Protocolos de San José, núm. 500, año 1833, folio 2, enero 9.
(17) Protocolos de San José, núm. 529, año 1842, folio 178, setiembre 29. Protocolos de San José, núm. 530, año 1843, folio 262, noviembre 2. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 24v, abril 3.
(18) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3. Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 33v, abril 16.
(19) Protocolos de San José, núm. 533, año 1844, folio 294, setiembre 30.
(20) Protocolos de San José, núm. 537, año 1845, folio 42, abril 5.
(21) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3.
(22) Protocolos de San José, núm. 562, año 1849, folio 95v, junio 30.
(23) Libro de Bautizos de San José (13, 412, 493).
(24) Revista El Mensajero del Clero, mayo de 1932.
(25) Protocolos de San José, núm. 516, año 1838, folio 108, diciembre 3.  Protocolos de San José, núm. 547, año 1846, folio 33v, abril 16. Protocolos de San José, núm. 562, año 1849, folio 95v, junio 30.
(26) Protocolos de San José, núm. 512, año 1837, folio 86v, diciembre 27.
(27) Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 62v, agosto 28. Protocolos de San José, núm. 508, año 1835, folio 68, setiembre 11. Protocolos de San José, núm. 562, año 1849, folio 95v, junio 30.
(28) Entrevista a Vera Muñoz, realizada el 30 de setiembre de 1998.
(29) Protocolos de San José, núm. 511, año 1836, folio 55v, julio 23.
(30) Costa Rica, Registro Civil, 1823-1975. Búsqueda en Family Search. Entry for Maria Guerrero Mora and Felix Guerrero, 1 Aug 1941.
(31) Entrevista a Vera Muñoz, realizada el 30 de setiembre de 1998.
(32) Libro de Actas. Comité Pro Construcción Iglesia de San Francisco Dos Ríos (7 de marzo 1956 al 19 julio 1961). Actas del 7 nov. 1956, 9 enero 1957, 30 abril 1957, 21 mayo 1957, 1 oct. 1957 y 22 oct. 1957.
(33) Protocolo de San José, núm. 521, año 1840, folio 12v, feb. 10.
(34) Fondos Antiguos. Libro núm. 62, caja 76, expediente 85.
(35) San Francisco de Dos Ríos. Libro de Cargo 1869 (Mayordomía de la filial de San Francisco de Dos Ríos, que pertenece a la parroquia El Carmen-San José) 1869-1898. Anotación del 25 de julio de 1869.
(36) San Francisco de Dos Ríos. Libro Mayordomo 1869. Libro de Data Mayordomía de San Francisco de Dos Ríos (1869-1895). Anotación del 1 de marzo de 1890.
(37) Visitas Pastorales 1882/1898 y 1899. Libro núm. 4, folio 215.
(38) San Francisco de Dos Ríos. Libro de Fábrica 1898-1921. Anotación del 20 de octubre de 1918.
(39) San Francisco de Dos Ríos. Libro de Actas de la Junta Edificadora. 28 de junio de 1965 a 16 de mayo de 1972. Anotaciones del 24 de julio, 28 de agosto, 5 de setiembre, 2 de octubre, 24 de octubre, todos de 1967.
(40) Costa Rica, registros parroquiales y diocesanos, 1595-1992. Búsqueda en Family Search. Entry for Sebastian Madrigal Meun and Manuel Madrigal, 2 Oct 1826.
(41) Protocolos de San José, núm. 553, año 1847, folio 57, noviembre 18.
(42) Protocolo Colonial de San José, núm. 540, año 1845, folio y, enero 11.
(43) Mariana Campos Vargas, Edificaciones, haciendas y viviendas en Curridabat, una comunidad cafetalera del Valle Central de Costa Rica (1900-1950). Revista del Archivo Nacional, 75(1-12), 2011, pp. 71-98.
(44) Libro núm. 12 de Defunciones de San José.

sábado, 24 de agosto de 2024

 MARIPOSA RECIÉN NACIDA


Cuando la chiquilla se internó en el bosque, escuchó el sonido de un arroyo y se desvió. Las nubes se acercaron a reconocer tal osadía dejando a su paso una bruma que pintaba la vegetación de escenas fantasmagóricas. Pájaros campana y ranas amarillas lo envolvieron todo con insistentes llamados. Los pequeños zapatos escolares avanzaban como patines sobre las hojas y hacían que queso, aguadulce y tortillas se mecieran en la canasta. Esa sencilla gastronomía aderezada con el amor de su madre no debía sucumbir a un resbalón. Para aferrarse mejor al suelo y conservar el equilibrio, se quedó descalza y decidió aguantar el rechazo instintivo que le producía el contacto de sus pies desnudos con los bichos y todo tipo de malezas que salían a su encuentro. Había sido oportuno hacerse acompañar de su impermeable rojo en semejante travesía.

¿Estará preocupada la abuela por mi retraso? No lo creo, se tranquilizaba. La señora, con la obstinación de quien ha sabido encontrar un lugar de acogida en el mundo, disfruta viviendo sola. Es más, no sería extraño que ahora mismo se entretuviera atendiendo a alguna de las visitas que de la nada aparecían en la puerta de su casa. Una chica enamorada extraviada. Un muchacho que debe superar una prueba. Había jovencitas que pasaban por ahí, le ayudaban en los quehaceres y aprendían a ser compasivas o descubrían alguna verdad que se les había ocultado. Otros precisaban de más ayuda, una sobrenatural, como un objeto mágico o un don extraordinario para llevar a cabo una tarea. La astucia de su pariente era tanta que una vez volvió deseable a una doncella a quien le prodigó la pócima de un simple baño.

De esta forma iban columpiándose sus pensamientos como mono congo de rama en rama, cuando empezó a sentir dolor en la barriga. Un frío se le coló por los pies y se sintió extrañamente débil. Para paliar la incomodidad, se sentó cerca del riachuelo. Se bebió la aguadulce, que siempre entona cualquier descompensación del cuerpo y hasta del alma, y se preparó un gallo de queso tierno. Recordó entonces que su abuela le había dicho que la zona estaba repleta de hongos comestibles, pero ella no conocía su apariencia; así que se dejó llevar por sus impulsos y tomó los primeros que vio, los más coloridos, por cierto.




Pasado un rato de descanso, sintió como si no fuera ella. Los pies estaban en tierra, pero su mente revoloteaba cual mariposa recién nacida, eufórica, con la certeza de que, si bien es joven, su muerte está cerca. Una parte suya casi podía volar con las hojas de los helechos movidas por el viento. Otra estaba tan pesada como si unos yunques la atrajeran hacia una fuerza desconocida que habitaba en su vientre. A la distancia, entre un banco de niebla, un par de ojos emitían un brillo débil. ¿Será la abuela, que ha salido a buscarme con su vecino, el antiguo jefe de los guardaparques? Las linternas se acercaron hasta tomar la forma de un jaguar de ojos brillantes, que se plantó a verla, a la espera del menor descuido de la niña. Esta quedó paralizada cuando el felino le habló para decirle que no le temiera, que una bestia no representaba ningún peligro sino el hombre. La mariposa de su mente la trasladó de inmediato al pueblo, donde unos ojos acechantes la observan con odio. No sabe leer el deseo en esas miradas. Piensa que algo malo debe de haber hecho para caerles tan mal a sus vecinos, y hasta a sus vecinas, que ya no la ven como antes, sino que la examinan con recelo para luego dirigir sus ojos a otra parte.

El jaguar caminó bosque adentro y la niña descalza del impermeable rojo lo siguió, esperando encontrar en sus manchas la respuesta a lo que le estaba pasando. No lo pudo alcanzar y, peor aún, ahora su extravío era total. De repente percibió un hilillo de sangre que corría por sus piernas. ¿Qué me pudo haber pasado?, se dijo con una mezcla de sobresalto y risa tonta. ¿Me habrá mordido una coral? ¿Será que me voy a morir? Su cabeza daba vueltas mientras el sol estaba a punto de cobijarse por completo. Un destello en el horizonte dejó ver una silueta a su lado, era una criatura hecha de luz. "Yo también llevo mucho tiempo extraviado en este bosque", escuchó, y tras esas palabras creyó ver al gentil muchacho que había nacido con un pañal de la buena suerte. "Un día solo aparecí aquí", siguió diciendo la criatura, cuya forma se parecía ahora a la de esa muchacha alta, robusta y fea que durante varios años cuidó los gansos de su abuela y terminó casada con un conde. "No sé quién soy ni qué seré": eran las palabras que salían de la boca de un hombre mitad soldado y mitad hormiga, "pero no es necesario llevar prisa, todo tiene su tiempo", finalizó una joven madre cuyas trenzas largas la hicieron famosa y que esperó por años hasta ver a su familia reunida.   

Con una mano cálida y vaporosa capaz de contrarrestar el frío interno que había invadido a la extraviada desde que se acercó al arroyo, la criatura la condujo por un sendero. La niña vio de nuevo unas luces, esta vez más grandes, que salían a su paso y, movida por esa curiosidad extraña que a veces produce el temor, soltó la mano que la sujetaba y empezó a correr hacia ellas esperando que fueran de nuevo los ojos del jaguar. Mientras la amable criatura con cabeza de hormiga se disolvía en la bruma donde había tomado forma, la chiquilla pudo divisar a su abuela, que la andaba buscando desde hacía rato, sin importar que ya se hubiera hecho de noche. La mujer de cabellos grises, líneas de marioneta y ojos brillantes de sabiduría observó con ternura los hilillos rojos en las piernas de su nieta, la tomó en sus brazos y la llevó a casa, donde después de asearla y darle unas cuantas indicaciones sobre el despertar de la belleza, le preparó un té de flores de manzanilla recién cortadas del jardín. Cuatrocientas setenta y dos repeticiones de ese ciclo lunar tenía a su haber la vieja alas de murciélago, patas de gallo y piel de cebolla. Su nieta ahora estaba emparentada también con las fuerzas de la naturaleza. La sentó sobre sus regazos en la mecedora y la cubrió con un abrazo que olía a hierbas, a miel, a polen, a tierra, en ese bosque donde las copas de los árboles se besan con las nubes.



(Imagen de Hendrike, Psychedelic dingbats. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Psychedelic_dingbats.png)



jueves, 4 de enero de 2024

 HILDEGARDA


Hildegarda de Bingen (1098-1179) es una figura portentosa. Lo fue a los ojos de sus contemporáneos, gente de la Baja Edad Media dispuesta a sentir respeto y admiración por una mujer emparedada en el monasterio de Disibodenberg en Alemania y de quien se decía que era receptáculo del mensaje divino y que tenía el don de sanar; luego la vieron establecer dos monasterios y, hacia el final de su vida, realizar complicados viajes de predicación cuyos sermones contenían reproches al clero. Bernardo de Claraval, uno de los hombres más influyentes de esa época, reconoció en ella una voz que debía escucharse y, a partir de la autorización del papa Eugenio III para que comunicara sus visiones, personas de todos los niveles sociales iban en busca de su consejo: desde estudiantes, soldados y campesinos, pasando por miembros de la nobleza, hasta autoridades del clero e incluso Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y la no menos poderosa Leonor de Aquitania.

Hildegarda también es una figura admirable para el mundo actual. Este la ha redescubierto a la luz de una producción extensa y polifacética, sin dejar de lado la distinción de las autoridades católicas al conferirle, en el año 2012, el título de doctora de la iglesia, que comparte solo con otras tres mujeres: Teresa de Ávila, Catalina de Siena y Teresa de Lisieux.


Primera imagen del libro Scivias.


Su obra comprende libros ilustrados mediante los cuales revela sus visiones, que explican el sentido del mundo a partir del propósito divino. La Creación y la historia bíblica son temas del primero de ellos (Scivias). Treinta y cinco diálogos dramáticos forman un compendio de ética donde, mediante alegorías de los vicios y las virtudes, plantea la lucha entre el bien y el mal en la vida cotidiana y donde el universo aparece como regalo de Dios a la humanidad para su regocijo (Liber vitae meritorum). Un tercer libro revelado (Liber divinorum operum) se refiere a la acción creadora de Dios y el papel de la humanidad en este proyecto cuya trascendencia se expresa como armonía entre los elementos del universo y las dimensiones del cuerpo humano.


El hombre universal (Liber divinorum operum).


Para Hildegarda, la música es la forma más elevada de contacto divino. Explica la caída de Adán como la pérdida de una «armonía celeste» que el ser humano intenta restituir mediante las composiciones para alcanzar esa sinfonía cósmica que une cielo y tierra. Hoy su creación musical está disponible a través de innumerables grabaciones. Aquí una de mis favoritas: «Columba Aspexit».




De su interés por el mundo natural se desprenden dos obras. Physica es un tratado sobre las leyes de la naturaleza; presenta descripciones detalladas de plantas, animales, piedras preciosas y metales, cuya interrelación atribuye a la sabiduría de Dios. Causae et curae, por su parte, expone su idea de la salud como fuerza vital y de la enfermedad como proceso degenerativo que merma dicha fuerza; en este mismo escrito plantea que detrás del acto sexual está el poder de la eternidad. Vistas desde el conocimiento científico actual, muchas de las explicaciones que contienen estos libros son obsoletas, pero otras revelan un avance con la visión de mundo de la época.

También nos han llegado de ella otras obras como una biografía de San Disibido y una de San Ruperto, lo mismo que la lingua ignota, una lengua artificial por la que Hildegarda de Bingen ostenta el título de patrona de los esperantistas.


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En 2009, la escritora danesa Anne Lise Marstrand-Jørgensen publicó una biografía novelada sobre Hildegarda. Una biografía novelada es un género a medio camino entre los datos reales y la ficción. Se inspira en un personaje histórico, pero no apela al rigor del género biográfico, que exige una demostración de las fuentes; deja más libertad a la escritura, ante todo en la atribución de rasgos al mundo interior del personaje. No obstante, obliga a un estudio detallado de la época para lograr una ambientación creíble y no incurrir en anacronismos evidentes.

Esto siempre conduce a una disyuntiva: ¿Se valora el texto literario por su apego a los datos reales, lo cual supone que no se está distorsionando o falseando la vida del personaje, o se lo valora como un producto artístico en sí mismo, como una totalidad de sentido lograda independientemente de su adhesión a la realidad? Hablando en términos de gustos, no de mayor o menor calidad artística, prefiero una buena biografía, con sus lagunas, que dejan espacio abierto a la imaginación y a las inferencias, que una biografía novelada, sobre todo si se carece del criterio para discernir hasta dónde llegan los datos verídicos y dónde empieza la interpretación del autor o autora del texto.


Portada de Hildegarda,
de Anne Lise Marstrand-Jørgensen
(Editorial Lumen).


La obra de Anne Lise Marstrand-Jørgensen abarca los primeros cincuenta años de Hildegarda, de 1098 a 1148, cuando obtuvo la aprobación papal para comunicar sus visiones. Deja por fuera otros momentos de su vida de los cuales se conoce más, debido a la escritura de sus obras, a su vasta correspondencia, al contenido de sus sermones y a la fama que se iba extendiendo alrededor de ella.

Frente a la imagen portentosa que presentamos al inicio, Marstrand-Jørgensen retrata a Hildegarda desde su fragilidad, que constituye un tema novelable. No se trata de la monja benedictina cuyo primer escrito, el Scivias, leyó el propio papa ante una audiencia mientras elogiaba a su autora. No es la época del reconocimiento, de la aprobación, de la publicación de unas revelaciones cuyo origen no se cuestionaba. Es el momento de la duda, de saber que ocurre algo que no se puede decir sin arriesgar mucho o arriesgarlo todo. Se siente aquí la vulnerabilidad, como en la carta que dirige Hildegarda a Bernardo de Claraval para pedir su intercesión ante el papa: «Respóndeme, a mí, tu indigna sierva, que nunca desde la infancia ha vivido en seguridad una sola hora». 

Acerca del origen de sus visiones y su relación con extensos episodios de enfermedad, los razonamientos actuales son variados. ¿Mintió Hildegarda sobre aquellas a fin de tener autoridad para escribir? ¿Usaba sus enfermedades, que hoy podrían considerarse psicosomáticas y que implicaban largos periodos de postración, para manipular a quienes se oponían a sus intereses? ¿Sus «visiones», donde aparecen luces, chispas, estrellas, destellos, ondulaciones, eran más bien señales del «aura» que corresponde a procesos migrañosos y que, en el caso de una «conciencia privilegiada» como la suya, pudieron convertirse «en el substrato de una suprema inspiración extática» (Oliver Sacks)? ¿El mandato divino de escribir que tuvo a los 43 años podría corresponder a un estado de delirio producido por el aumento de estradiol relacionado con procesos menopáusicos (Janina Ramírez)? ¿La humildad de Hildegarda, quien se refiere a sí misma como «una pluma movida por el viento», oculta una vasta formación y, con ello, su acceso a diversas fuentes de saber?


Primera visión del Libro III de Scivias.


Marstrand-Jørgensen no se suma a esas voces críticas del origen de la condición profética de Hildegarda. Por el contrario, sigue muy de cerca lo que la propia monja y sus biógrafos plantean sobre su predestinación. Así, al describir su nacimiento como un «círculo de luz», retoma un elemento central de lo que serán sus visiones, el círculo cósmico.

Varios documentos escritos por Hildegarda dejan constancia de que las visiones y la enfermedad la acompañaron desde sus primeros años de vida. En una carta a Guibert de Gembloux, quien luego sería uno de sus secretarios y uno de los autores de su Vita, la abadesa anota: «Desde mi infancia, cuando todavía no tenía ni los huesos, ni los nervios ni las venas robustecidas, hasta ahora, que ya tengo más de sesenta años, siempre he disfrutado del regalo de la visión en mi alma». Y, en el Liber divinorum operum, se refiere así a su fragilidad: «Desde el día de su nacimiento esta mujer vive encerrada en las enfermedades como en una red, de tal forma que su médula, sus venas y su carne son continuamente torturadas por los dolores».

¿Qué le aporta, a esa condición que plantea Hildegarda, esta biografía novelada? La parte inicial del texto literario, que abarca los primeros ocho años de su vida (de 1098 a 1106), se centra en el conflicto que supone para una niña vivir unas experiencias únicas, que no comparte con nadie más de su entorno. Marstrand-Jørgensen combina la descripción de tales experiencias con la reacción de las personas que la rodean, en especial de su madre, Mechthild.


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Veamos, en primer lugar, la forma como se refiere a las vivencias particulares de la niña. Presenta unas descripciones que proceden de la sensibilidad de esta, dejando ver que se halla invadida por la curiosidad y la alegría de todo lo que la rodea: la luz, la belleza de los campos, la vida animal, los olores, las sensaciones a través de la piel, el frío, la rugosidad de las paredes... De tal forma nos acerca a la unión mística de Hildegarda con esa Luz que percibe desde recién nacida:

«Ella ve un haz luminoso, un ojo que es mucho más grande que todos los ojos. [...] Los otros ojos no ven el ojo, pero Hildegarda escucha. La luz cobra vida y habla como si tuviera boca» (p. 41).

El cuadro de Hildegarda niña contiene otro elemento particular: una extraordinaria habilidad innata para percibir los sonidos. Según su Vita, ella no recibió ninguna instrucción musical más que la de Jutta, la joven noble con quien inició su vida monástica a los ocho años, que se limitó a la alabanza de Dios con el salterio de diez cuerdas. Marstrand-Jørgensen aprovecha este dato para enfatizar en un don especial de Hildegarda que la llevaría a apreciar múltiples posibilidades del sonido. El narrador entra en los pensamientos de la niña, como en la siguiente descripción, cargada de sinestesias, para dar cuenta de su experiencia a los cuatro años:

«El ruido que hacen los perros de papá se parece al musgo y sabe a metal. La voz de mamá tiene el mismo color que la cerveza ligera, pero su sabor no es ni dulce ni amargo, sino más bien como cuando se abre la boca al viento. La voz de Agnes es luminosa como el cielo después de la lluvia, huele a tomillo y a hierba húmeda. Los pasos de papá cambian constantemente de color: cuando habla con los demás, su voz tiene el color de la tierra y de los guijarros planos y secos del riachuelo; cuando habla a su Hild, su voz se convierte en un deshilachado sol de invierno. Los sonidos fluyen, se entremezclan y se organizan en formas variadas, dan vueltas como peonzas, giran y giran sin parar» (p. 48).

En la construcción de la protagonista, Marstrand-Jørgensen destaca una condición especial para entrar en contacto con los elementos naturales y con cuyas sensaciones la niña parece ser una. En estas descripciones de la naturaleza, se manifiesta la visión holística teológico-cósmica que se desprende de las obras de la doctora de la iglesia:

«[Hildegarda] Está hecha de piedra; solo sus entrañas, muy dentro de su cuerpo, son un sol en llamas, como el olor de los establos o el viento pesado del verano. Escucha; las piedras cantan, el gris canta, los montículos son una canción, las cavidades otra. Tonos lentos y escurridizos que fluyen al unísono a través de los oídos y los pies.

Salta y se aparta de la pared hasta un pequeño montículo al sol, hasta el olor a tomillo, salvia, agua estancada y moho. Cuando las extremidades dejan de ser piedra para volver a ser carne, se convierte en una colmena, zumbante, dolorosa, calurosa como después de una picadura. El olor tiene una voz que no puede interpretar, pero que busca en todas partes y en todo lo que hace» (pp. 109-110).

Se trata de una unión mística con la naturaleza. De tal forma, Hildegarda se siente parte de la creación divina. Así continúa la cita anterior:

«"Mamá, yo misma lo he oído, no eran solo las piedras, era la Luz, era la Voz, lo he visto, lo he oído, era un canto, es importante, ¿no quieres oírlo, mamá?"» (p. 110).

Pero esa Voz le habla solo a ella. Esa Luz se manifiesta solo para ella. Las experiencias que vive la niña no las vive nadie más de su entorno. Aquí vienen las reacciones, especialmente la de su madre, que marca el nudo conflictivo de la primera parte del texto.


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Marstrand-Jørgensen describe la vida cotidiana en el hogar de Hildebert, Mechthild y sus ocho hijos, poniendo al descubierto la inquietud que les produce esa condición que presenta Hildegarda desde pequeña. La siguiente escena ilustra la libertad de escritura, de ficcionalización, y el contexto de la vida cotidiana característicos de la biografía novelada.

«De pronto, mientras cenan, Hildegarda se echa a llorar, y sus sollozos son tan estridentes que todos dejan de comer y la miran. [...] Mechthild se levanta: puede aguantar los chillidos, pero la crispación que deforma el rostro de la niña dividiéndolo en dos partes asimétricas es más de lo que puede soportar. [...] Cuando se llevan a Hildegarda del comedor, Mechthild va detrás. Hugo se ríe, Benedikta le da una colleja para castigarle por su inadecuada reacción. Odilia sigue comiendo como si nada. "Si toda la casa tuviera que agitarse cada vez que Hildegarda sufre un ataque —dice— sería imposible estar tranquilos", y por esa observación recibe también una colleja (pp. 116-7).

Pero no todos en esa familia noble se toman las cosas con el desenfado de Odilia. Para la madre el asunto no es solo de vida o muerte —la fragilidad extrema de su hija menor se hizo notoria desde el nacimiento—; implica que el alma de la niña se salve o se condene por los siglos de los siglos.

La novelista danesa aprovecha el dato verídico, y sobre el cual se sustenta el destino de Hildegarda, de la niña ofrecida como diezmo a la iglesia, para explorar el profundo temor de una madre de la Edad Media ante la situación particular de un miembro de su progenie. El abandono de infantes era una práctica común en ese momento de la historia europea, sobre todo por motivos económicos; cuentos como el de «Hansel y Grethel» tienen, en ese sentido, cierta base realista. Una forma de no dejar a esos infantes a su suerte consistía en entregarlos a un monasterio. Pero también las familias nobles ofrecían a sus hijos como oblatos, sobre todo a los menores, por motivos religiosos, a la vez que les garantizaban así una buena educación. Al igual que Hildegarda, Tomás de Aquino (siglo XIII) fue un niño oblato, el menor de nueve hijos de una familia noble que fue entregado a un monasterio cuando tenía apenas cinco años.

El hecho de que nuestra protagonista termine destinada a la vida conventual se explica, en este texto literario, a la luz de la preocupación de la madre por su fragilidad desde el nacimiento, pero luego por el temor que le inspira su forma de comportarse.

En los documentos relacionados con la canonización de Hildegarda, se cita un episodio que demuestra su poder de profecía: la niña describe la apariencia del becerro que una vaca lleva en su vientre; al comprobarlo tras el parto, la familia decide recluirla en un monasterio, dado su «carácter diferente al de los demás». El texto de Marstrand-Jørgensen retoma esta anécdota, envolviéndola con los estados emocionales de los personajes: a la ternura y el entusiasmo de la niña, que aún no ha aprendido a reprimir la comunicación de sus vivencias, siguen el temor y la censura velada de la madre:

«Hildegarda apoya las manos en el animal, que está a punto de parir. "Hueles a dulce y cálido olor a vida, dulce vaca lechera", le susurra la pequeña, sonriendo de alegría. Sonríe porque de repente logra ver el becerro flotando en el vientre de su madre; lo ve envuelto en una aureola de luz, como una sombra en el campo, con los ojos negros y las patitas inseguras. Lleva joyas en el cuello y en las patas delanteras, y una corona de piedras y perlas, blancas como la tiza y negras como el carbón, y sonríe» (pp. 60-1).

Cuando el becerro nace y tiene la apariencia que Hildegarda dijo haber visto antes, «los pensamientos de Mecthild se llenan de sombrías sospechas» (p. 62) y termina regalándolo a Agnes, la nodriza, con lo cual el texto recrea lo que pudo haber sido un momento, no de gloria, sino incómodo, de inseguridad, de no saber qué hacer ni qué reacción tomar.

La madre representa las ideas de la época. Representa el temor ante lo sobrenatural, que está teñido de superstición, pero que también tiene asidero en el pensamiento religioso de la Edad Media. ¿Las visiones de Hildegarda proceden de Dios o vienen del diablo, capaz de adoptar múltiples disfraces para el engaño? En esa sociedad profundamente religiosa, no se manejaba el concepto moderno de estados mentales alterados en relación con las visiones y las experiencias místicas. No se cuestionaba su realidad, lo que se ponía en duda era su procedencia. Podría tratarse de «experiencias de inspiración satánica» y que, en el origen de los desórdenes mentales, estuviera un desorden del alma, producto del pecado.

Desafiar el poder eclesiástico sembrando la menor duda acerca del apego a sus dogmas hacía que cayera sobre la persona el peso de la ley. Peor aún si se lo desafiaba abiertamente. Dos siglos después de los hechos que relata esta novela, en 1310, la beguina Margarita Porete fue quemada viva: su enseñanza del «puro amor», sin ninguna mediación entre la persona y Dios, se calificó de herética y ella se negó a retractarse. Más tarde, durante el Renacimiento italiano, a sor Benedetta Carlini se la acusó de provocarse heridas que imitaban los estigmas de Jesús Crucificado, pero finalmente se la recluyó por los testimonios de «lesbianismo» en su contra. En la Francia del siglo XVII, las monjas de un convento se declararon poseídas por el demonio e inculparon de ello a un cura, quien terminó en la hoguera, hechos que pasaron a la historia como el caso de Loudun.

Lo que en un principio era para Mechthild la obligación de cumplir con la promesa hecha a Dios desde el nacimiento de su benjamina va escalando en intensidad con el transcurso de las acciones y conforme los rasgos de ambos personajes —madre e hija— adoptan mayor complejidad, hasta el punto de hacer imperiosa la entrada de la niña en un convento.

«Con toda esa claridad se imagina Mechthild que una vida piadosa puede proteger a la niña de las sospechas que la rodean, y hasta qué punto le asegurará un lugar destacado en el paraíso, si muriera antes de llegar a adulta» (p. 102).

La joven Jutta, quien planea llevar una vida de anacoreta en el monasterio de Disibodenberg, aparece como la tabla de salvación para esa madre a quien la menor de sus hijos ha descolocado:

«Si Hildegarda solo habla con Jutta, será asunto de Jutta decidir qué hacer con las visiones y premoniciones de la niña. En el convento será la abadesa quien decidirá si el problema de Hildegarda viene del cielo o del infierno...» (p. 103).

¿Cómo podrá sobrellevar el claustro una niña enfermiza que ha sentido la unión con el mundo natural de manera privilegiada? ¿Cómo manejará, dotada de la madurez de los años, el conflicto que supondrá tener visiones y la necesidad interna de comunicarlas, a lo que se sumará luego el mandato de la Luz de que las haga públicas? Estos son temas que la biografía novelada de Marstrand-Jørgensen trata en la segunda y tercera partes, siempre haciendo énfasis en la lucha interior y exterior de Hildegarda a raíz de sus visiones.

¿Cómo puede vivir en silencio durante cinco décadas alguien que ha experimentado la manifestación divina desde sus primeros años de vida? Al inicio, en la vida familiar, con esa ingenuidad de quien lo habla todo, seguida de la reacción de los otros, principalmente el temor de la madre. Más adelante, con su inserción en el mundo eclesiástico, el miedo a ser rechazada, silenciada, castigada. En esa tensión se mueve la novela. En esa sensación de vulnerabilidad frente a las revelaciones de que Hildegarda era objeto, en un mundo cuyos parámetros hoy nos pueden resultar difusos, pero que la recreación de esta biografía nos ayuda a comprender mejor.


Lecturas recomendadas

Brown, Judith C., Afectos vergonzosos. Sor Benedetta: entre santa y lesbiana (Crítica, 1989).

Carpinello, Mariella, «Dos místicas de la Edad Media: Hildegarda de Bingen y Gertrudis Hefta La Grande». En: El dulce canto del corazón. Mujeres místicas, desde Hildegarda a Simone Weil, de María Chiaia (Narcea, 2006).

Carrera, José M., Mujeres indómitas. Sanadoras de la Edad Media (Laetoli, 2021).

Cirlot, Victoria y Blanca Garí, La mirada interior. Mística femenina en la Edad Media (Siruela, 2021).

Epiney-Burgard, Georgette y Emilie Zum Brunn, Mujeres trovadoras de Dios. La tradición silenciada de la Europa Medieval (Paidós, 1998).

Feldmann, Christian. Hildegarda de Bingen. Una vida entre la genialidad y la fe (Herder, 2009).

Fuente, María Jesús, La luz de mis ojos. Ser madre en la Edad Media (Taurus, 2023).

Huxley, Aldous, Los demonios de Loudun (Navona, 2017).

Marstrand-Jørgensen, Anne Lise, Hildegarda (Lumen, 2021).

Martinengo, Marirì, «La armonía de Hildegarda. Un epistolario sorprendente». En Libres para ser. Mujeres creadoras de cultura en la Europa medieval (Narcea, 2000).

Pernoud, Régine, Hildegarda de Bingen. Una conciencia inspirada del siglo XII (Paidós, 2012).

Ramírez, Janina, Fémina. Una nueva historia de la Edad Media a través de las mujeres (Ático de los Libros, 2023).

Sacks, Oliver, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Anagrama, 2009).

Villena, Miguel Ángel, «Biografías noveladas o cuando se unen realidad y ficción» (infoLibre, 10 de agosto de 2014).

https://www.infolibre.es/cultura/biografias-noveladas-unen-realidad-ficcion_1_1103969.html


Imágenes

Primera imagen del libro Scivias

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hildegard_von_Bingen.jpg

El hombre universal

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hildegard_von_Bingen_Liber_Divinorum_Operum.jpg

Primera visión del libro III de Scivias

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viernes, 3 de noviembre de 2023

UNA AMIGA HIPPIE 


Nadie puede verse a sí mismo si un amigo no le presta los ojos.

Colin Higgins


La palabra amistad y su experiencia andan de capa caída. Las redes sociales han hecho de las amistades números y de las respuestas a los mensajes figuritas. Por eso cada día es más preciado ver a otra persona a los ojos, con esa mirada atenta de que habla Simone Weil, mientras se hilvanan historias de tema en tema. En casos fortuitos los hilos pueden volverse más firmes y la persona queda como bordada a la vida de su interlocutor, al punto que tiene la capacidad de transformar la manera como este actúa o ve el mundo. Así sucede en Harold y Maude, comedia negra escrita por Colin Higgins como resultado de su tesis doctoral en la Escuela de Cine de la Universidad de California; se publicó en 1971, al tiempo que se estrenaba la película homónima de Hal Hasby, con banda sonora de Cat Stevens.


Portada de la edición de Capitán Swing (2021).


Formas de morir

A sus 79 años, Maude Chardin ha aprendido unas cuantas lecciones de la existencia. Viuda y sobreviviente del Holocausto, por su edad podría considerarse una hippie desfasada. Hace suya la contracultura de este movimiento apostando por su llamado a la paz, las drogas y el amor libre, así como por su crítica al poder. La autoridad le viene floja y antepone sus principios y placeres a la actitud represora de la iglesia, la policía y el ejército mediante acciones simbólicas como pintarles sonrisas a los santos, remover un arbusto de la vía pública y sembrarlo en un bosque o llevar a cabo un plan para impedir que recluten a un amigo. Simbólico es también el motivo de la muerte; en su base está esa intuición que esta mujer tiene de la impermanencia, del devenir.

El desenfado y optimismo de Maude entran en contacto con el enojo y nihilismo de un muchacho de 16 años. Harold Chasen representa una realidad absurda. La guerra de Vietnam sirve de marco a su vida en una familia burguesa estadounidense, con una madre superficial y sorda a sus necesidades, quien descarga su responsabilidad de acompañamiento en un sacerdote, un psiquiatra y un tío militar. Corren parejos con lo absurdo del medio en que vive Harold su gusto por los funerales, los coches fúnebres y las continuas representaciones que hace de su propia muerte. De esta forma, la obra pone en evidencia el papel de la familia represiva, microcosmos de las contradicciones del orden social, en la génesis de la locura.

Gracias a su contacto con Maude, Harold se va transformando, redondeándose como personaje. Al histrionismo de la muerte que repite el muchacho, Maude opone el sentido del imperceptible transitar hacia ella: «Empezamos a morir el mismo día que nacemos. ¿Qué tiene de extraño la muerte? No es ninguna sorpresa. Es parte de la vida. Es cambio». El nihilismo de Harold da paso a una forma de oposición al sistema y a una búsqueda del disfrute de la vida que su amiga representa.


Anuncio de la película Harold y Maude (1972).


Todavía rebelde

La edad es uno de los criterios más empleados para asignarles características a las personas y generar expectativas acerca de ellas. En el caso de los viejos un elemento fundamental es, quiérase o no, el deterioro. Resulta un gran modulador de las expectativas sociales, tanto que a la vejez se la puede considerar una «edad del todavía». Pero ese «todavía» no es el de cierto tipo de programaciones que apuntan a una potencialidad por alcanzar; «No soy lo suficientemente asertiva (segura, ágil, etc.) todavía» es un ejemplo de lo que se dicen quienes atribuyen a la palabra el poder de obrar cambios en su comportamiento. En nuestro caso, el adverbio alude a la inminencia de perder una facultad, estado o atributo físico; «Usted está muy bonita todavía» es un piropo a medias que empiezan a oír las mujeres a partir de cierta edad.

Bajo la apariencia de una encantadora e ingenua abuelita, Maude se rebela alegremente contra esos discursos que en los años sesenta podían definirle un lugar: una vieja tiene que estar en su casa, en una actitud casi contemplativa, cuidando su salud, prodigando amor a sus nietos... En este sentido, la obra no adopta el tono beligerante de la lucha social, que la propia Maude dice haber dejado en el pasado, con el paraguas de ir a las manifestaciones, sino el de una invitación a aceptar y amar. El crítico de cine Matt Zoller Seitz observa que la rebeldía no se da contra el orden establecido o contra ciertos grupos sociales; lo que se busca aquí es que la gente sea auténtica, que prevalezca el aprecio que acerca a las personas, y no el juzgamiento.

A Maude parece invadirla esa intuición de que toma muchos años conocer lo importante y, cuando ya se lo conoce, casi no hay oportunidad de aplicarlo. Por eso su reacción es la de muchas personas viejas: aconsejar a las más jóvenes, como en los cuentos maravillosos, a fin de que encuentren la clave para superar la adversidad sin verse obligadas a hacer el largo y penoso aprendizaje que da la experiencia.

Cuerpo de vieja

El propio cuerpo constituye un primer lugar donde se puede experimentar aprecio y aceptación, como gesto rebelde ante las imposiciones sociales.

Poco sabemos de la apariencia de Maude. Solo tenemos la demoledora descripción genérica salida de boca del padre Finnegan como argumento para disuadir a Harold de casarse con ella: «el hecho de que tu cuerpo […] cohabite con la carne marchita, los pechos caídos y las nalgas fofas de la mujer madura […] con toda sinceridad, me da ganas de vomitar».

En cambio, la desnudez de Maude mientras posa para que un escultor evoque los contornos del cuerpo femenino echa por tierra las demandas sociales acerca de este. Con su gesto atrevido, ella nos recuerda que sigue siendo una mujer, que los años no la han llevado a convertirse en otro tipo de criatura, pese a la invisibilización social de que son objeto primero las viejas (luego les llega el turno a ellos), materializada aquí en el asco del religioso.

En las palabras y hechos de esta mujer, hay un aprecio del cuerpo que funciona y permite el desplazamiento, de esa especie de máquina que nos lleva y nos trae por la existencia, no de ese objeto de ostentación motivo de la frase de Joaquín Sabina: «Si el mundo fuera ciego, ¿a cuánta gente impresionarías?». Hablando de objetos de falso prestigio, Maude le cuenta a Harold la anécdota de un alemán amante de los autos a quien la guerra dejó a a solas con su cuerpo, que afinó y puso a funcionar de maravilla, al punto que acabó convencido de que «los coches van y vienen, pero el cuerpo es el medio de transporte para toda la vida».

Pasarla bien

La fugacidad de nuestro paso por el mundo es el mejor antídoto para las ilusiones de poder. Ante la vida frágil, finita, vulnerable, la acumulación egoísta de bienes materiales no resuelve lo fundamental cuando los duros reveses del camino hacen su aparición. «No somos dueños de nada. Este mundo es transitorio. Llegamos a él sin nada y nos marchamos sin nada...»: la sorpresa de Harold obliga a Maude a explicarle por qué toma los autos de otros con un juego de llaves que le heredó un amigo.

Frente a esa realidad, una fórmula para el disfrute consiste en sacudirse la moral si lleva al aburrimiento, si da al traste con la alegría de vivir: «No te limites a ser bueno. Haz que pasen cosas buenas» es la sentencia que Maude atribuye a Confucio y en la que refleja sus ganas de zafársele al sistema y a la mirada del otro. Esa mirada cada día más controladora, merced al carácter panóptico de dispositivos como las redes sociales, donde voluntariamente somos objeto de exhibición.

La protagonista nos invita a reírnos de nosotros mismos, una de las mayores expresiones de liberación personal: «Todo el mundo tiene derecho a hacer el ganso. No dejes que el mundo te juzgue tanto». Para ello es necesario quitarse la pesada capa del ego, que nos infla y nos lleva a tomar muy en serio nuestra imagen, nuestra reputación, nuestras ideas. No es gratuito que en la obra se repita «Esto también pasará»; relacionada con un cuento sufí («El anillo del rey»), esta frase puede servir tanto de consuelo ante las adversidades como para no vanagloriarse con los éxitos.

Una misma especie

¿Quién es? ¿A qué se dedica? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su filiación política? ¿Cuál su orientación sexual? ¿A qué clase social pertenece? Separar, discriminar entre unos y otros, es un ejercicio cognitivo que permite organizar el mundo. Sin embargo, puede convertirse en un arma si se basa en el odio, si aglutinar a las personas por rasgos diferenciadores puede hacer de unos grupos el objeto de depredación de otros; una escena muy fuerte del texto ocurre cuando el tío de Harold le habla de las chicas de ojos rasgados como estímulo para que se una al ejército.

Maude realiza el ejercicio inverso. «Está claro que tienes don de gentes», le dice Harold cuando la ve compartir con desconocidos en una feria. Y ella le responde: «Bueno, son de mi misma especie», reduciendo a la humanidad a su categoría más biológica, despojándola de cualquier tipo de distinción que genere divisiones y guerras. Cuando en el hospital una enfermera le pregunta por su pariente más próximo, ella le responde «la humanidad». Más puentes, menos murallas es casi un eslogan de esta obra.


Kleine Margarita, de Ol Kaynilmaz (2019).


Ninguna margarita es igual que otra. Cada una tiene un detalle que la hace única. Como ellas, los seres humanos no pueden reducirse a números, como terminan siéndolo las víctimas de la guerra y de otras injusticias. La película de Hal Hasby combina, en un momento dado, la imagen de un campo de margaritas con la de un cementerio. Maude proclama que cada persona es única, pero tampoco lo plantea en el sentido del individualismo que destruye la preocupación por el bien común. Ese aprecio por lo singular de cada persona se conjuga con la convicción de formar parte de la humanidad.

Despertar el amor

«Estoy cambiando. Como del invierno a la primavera». La muerte del personaje encierra el simbolismo de dar espacio a lo nuevo. Así la despoja de lo absurdo pues, en su caso particular, ha abierto el camino al amor. Cuando en medio del llanto y la desesperación Harold le declara su afecto comprometido, ella le pide que siga queriendo a otras. En este mundo de relaciones egocéntricas, abrumadoras o de mera conquista, nuestra amiga hippie plantea la posibilidad de entablar relaciones que hagan despertar el amor como disfrute, sin apego, como una manera de abrirse al mundo y admirar su belleza.

No en balde este texto de Colin Higgins es contemporáneo de la obra transgresora de David Cooper. En La muerte de la familia, el antipsiquiatra apunta al amor como posibilidad de cambiar las relaciones que nos constituyen: «Tal vez la única forma de que las personas, íntimamente imbricadas las unas con las otras en el seno familiar y en las réplicas de la familia que son las instituciones sociales, puedan desplegarse sea gracias al calor del amor».


Referencias

Harold y Maude, de Colin Higgins (Capitán Swing, 2021).

Harold and Maude: Life and How to Live It, de Matt Zoller Seitz. Recuperada de

https://www.criterion.com/current/posts/2337-harold-and-maude-life-and-how-to-live-it

La muerte de la familia, de David Cooper (Planeta-De Agostini, 1986).


Imágenes

Portada de Harold y Maude (Capitán Swing. 2021). Recuperada de

https://capitanswing.com/libros/harold-y-maude/

Cartel de la película Harold and Maude (Paramount Pictures, 1972). Recuperada de

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:1972_-_Nineteenth_Street_Theater_Ade_-_11_Jun_MC_-_Allentown_PA.jpg.

Dominio público.

Kleine Margarita, de O. Canyilmaz (29 de mayo de 2019). 

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Kleine_Margarita.jpg?uselang=es



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