viernes, 16 de octubre de 2020

GENTE DE CIENCIA:

ANÉCDOTAS EN TEXTOS DIVULGATIVOS


«Desacralizar la ciencia como una actividad de mártires y sabios». Diego Golombek, biólogo y divulgador argentino, lo plantea como un paso necesario para poner ese conocimiento al alcance de la ciudadanía. En esta entrada voy a relacionar el uso de las anécdotas sobre gente de ciencia en los textos divulgativos con esa intención desacralizadora, uno de los principales recursos de que echa mano ese género comunicativo. Además, citaré algunas razones por las cuales también es posible apreciar en ellas un componente didáctico.

El público lego no suele encontrar claros puntos de coincidencia entre su forma de vida y la de las personas que se dedican a la actividad científica, sobre todo en las denominadas «ciencias duras». Esa percepción podría estar motivada, entre otros factores, por un rasgo muy particular de los escritos científicos: la despersonalización, mediante la cual se pretende borrar la subjetividad del autor. Las publicaciones académicas presentan unas estructuras estandarizadas que transmiten la idea de un procedimiento que orienta con seguridad y conduce a las conclusiones correctas a unas personas cuyo proceso mental parece muy distinto al del resto de la población.

Es cierto que el conocimiento que produce la ciencia difiere del que resulta de otras actividades humanas, dado el rigor y la criticidad que le son inherentes. No está entre sus objetivos manifestar los deseos profundos de una persona, jugar con el lenguaje, ni establecer verdades incuestionables con que apaciguar las dudas propias de la existencia. Pero en sus procesos de trabajo sí intervienen, al igual que en las otras áreas de la vida, factores asociados tanto con el pensamiento lógico como con el ámbito emocional.

Este es un elemento del que se vale el género divulgativo en su intención de que el gran público se apropie de la ciencia: referirse a su importancia, al contexto de su producción, a las personas que la llevan a cabo (con sus componentes intelectuales, pero también con sus motivaciones y emociones) y al significado que reviste para la ciudadanía en  general.

En las obras divulgativas, cuando se hace referencia a una teoría o a un descubrimiento relevante para el tema que se está exponiendo, suele antecederse por la presentación de la persona de ciencia que lo propuso. Se abandona el formato de los escritos académicos de citar la fuente utilizando elementos mínimos (tanto que a veces ni siquiera sabemos si es del trabajo de una señora o de un señor de quien se está tomando la idea o el dato o, en el caso de trabajos colectivos, quiénes son los que aparecen bajo la despersonalizada construcción et al.) para acercar al público al contexto humano de la investigación científica.

Lo anecdótico en Michael Faraday

Michio Kaku es un físico estadounidense especialista en la teoría de cuerdas; también es futurólogo y divulgador científico. En uno de sus libros, La física de lo imposible, explora las posibilidades de que los avances en el conocimiento permitan al ser humano teletransportarse o hacerse invisible, entre otras «destrezas» que se han materializado hasta el momento solo en obras de ciencia ficción. Se refiere, en ese texto, a la imposibilidad de crear campos de fuerza, esas barreras impenetrables que aparecen en películas como escudos capaces de repeler rayos láser y cohetes.

Para iniciar su argumentación, alude a los descubrimientos de Michael Faraday, uno de los científicos que más ha influido en la historia. Sus aportes a los campos del electromagnetismo y la electroquímica facilitaron avances en la ciencia y la industria del siglo XIX que acompañan nuestra vida cotidiana.


Portentoso Faraday: así lo muestra esta estatua de la Royal Institution en Londres.


Sin embargo, antes de entrar de lleno en la conceptualización teórica, hace un breve repaso por su vida despojándolo de la aureola de sabio para presentarlo como un hombre común apasionado, eso sí, por un ámbito del conocimiento:

El concepto de campos de fuerza tiene su origen en la obra del gran científico británico del siglo XIX Michael Faraday.

Faraday nació en el seno de una familia de clase trabajadora (su padre era herrero) y llevó una vida difícil como aprendiz de encuadernador en los primeros años del siglo. El joven Faraday estaba fascinado por los enormes avances a que dio lugar el descubrimiento de las misteriosas propiedades de dos nuevas fuerzas: la electricidad y el magnetismo. Faraday devoró todo lo que pudo acerca de estos temas y asistió a las conferencias que impartía el profesor Humphrey Davy de la Royal Institution en Londres.

Un día, el profesor Davy sufrió una grave lesión en los ojos a causa de un accidente químico y contrató a Faraday como secretario. Faraday se ganó poco a poco la confianza de los científicos de la Royal Institution, que le permitieron realizar importantes experimentos por su cuenta, aunque a veces era ninguneado. Con los años, el profesor Davy llegó a estar cada vez más celoso del brillo que mostraba su joven ayudante, una estrella ascendente en los círculos experimentales hasta el punto de eclipsar la fama del propio Davy. Tras la muerte de Davy en 1829, Faraday se vio libre para hacer una serie de descubrimientos trascendentales que llevaron a la creación de generadores que alimentarían ciudades enteras y cambiarían el curso de la civilización mundial.

Observamos, en esta presentación de Faraday, que el proceso de creación científica no ocurre en el vacío; depende de un marco histórico y social que lo posibilita, así como de una determinada esfera de relaciones. Nos interesa destacar también cómo influyen las emociones, pues ese proceso resulta de una motivación particular y de la forma como se enfrentan las circunstancias personales. Kaku alude al origen humilde de Faraday en una Inglaterra clasista (¡vaya suerte!); también a su curiosidad, su enorme interés por los fenómenos de la electricidad y el magnetismo, así como a su esfuerzo, constancia y motivación; presenta, además, su relación con otros integrantes de la comunidad científica y las reacciones afectivas de ellos ante el talento de su colega (confianza y apertura de oportunidades, al mismo tiempo que celos y descalificación) y nos habla, por último, del impacto de sus aportes en la vida cotidiana actual.


Estudio de Faraday en la Royal Institution.


Hay en ello elementos didácticos en los cuales quiero detenerme, debido al vínculo entre divulgación y aprendizaje. La divulgación científica puede formar parte de un proceso de aprendizaje continuo que lleva a cabo la persona interesada en un tema específico. Además, cuando se trata de una divulgación didáctica o del empleo de textos de divulgación científica con fines curriculares, se entra de lleno en el ámbito educativo formal.

Emociones y motivación

Leer narraciones como las que se presentan en las anécdotas influye en el plano emocional del público receptor, por lo cual vuelve más atractiva la exposición de los contenidos, a la vez que fortalece el aprendizaje.

Las emociones cumplen una función motivadora; están detrás de aquellos procesos de búsqueda de respuestas, cuando la curiosidad impulsa a dar un sentido a fenómenos o situaciones particulares; mueven la voluntad del ser humano; se hallan en la base de sus anhelos. Presentar a la gente de ciencia mediante anécdotas apela, además, a la identificación: en la medida en que el yo de cada persona se construye como una narración, aquellos relatos que giran en torno a la vida cotidiana de los científicos los acerca al público lector, quien ve en ellos hechos y reacciones comunes a todos los seres humanos. Recientemente escuché, en una conferencia de Estrella Burgos, editora de la revista ¿Cómo ves?, que las historias tienen un poder único para persuadir y motivar, porque apelan a nuestras emociones y capacidad para la empatía. Estas anécdotas pueden tener un efecto en la motivación y el compromiso con el aprendizaje, sobre todo al valorar la constancia, el interés y el esfuerzo como atributos de las personas dedicadas a la investigación científica y que animarían al estudiantado a emularlas. 

Emociones y memoria

Las emociones también se relacionan con el almacenamiento y la memorización de datos, procesos necesarios para el aprendizaje; no en balde se las denomina el «pegamento del conocimiento», debido a la marcada impronta cerebral que poseen aquellos sucesos o datos que se asocian al mundo emotivo de la persona.  «Lo que no nos emociona, se nos olvida», plantea Estrella Burgos de forma contundente. ¿Cómo no acordarse, al oír hablar de Gauss, de ese niño superdotado que resolvía en tiempo récord los pesados ejercicios que su maestro de escuela le imponía a la clase y con lo cual arruinaba el plan del maestro de disfrutar de una disimulaba siesta (La música de los números primos, de Marcus du Sautoy)? ¿Cómo no recordar, tras leer la biografía de la astrónoma más famosa del siglo XVII, que fue objeto de los comunes reclamos que se hacen a muchas mujeres, pues María Cunitz no atendía debidamente las tareas del hogar, ya que aprovechaba el día para dormir, de modo que podía observar los astros por las noches (Las pioneras, de Rita Levi Montalcini y Giuseppina Tripodi)?


Urania Propitia, la obra que produjo María Cunitz en sus horas de vigilia.


El valor de la rebeldía

A las personas dedicadas a las ciencias no se las ve, en estos textos de divulgación, como sabios ni mártires (me refiero a una imagen mitificada de estos), sino como seres de carne y hueso, sometidos a sus circunstancias. Se los retrata como personajes rebeldes, disidentes incluso algunos de ellos, al decir de Lamberto Maffei, quien valora en las anécdotas la posibilidad de presentar otras maneras de pensar, de disentir, de no hacer las cosas como dicen todos que deben hacerse o explicarlas de la forma que se considera «correcta». En su Alabanza de la lentitud, el neurólogo italiano se refiere al alto valor educativo que poseen las biografías de artistas y científicos, pues enseñan que se pueden tomar caminos distintos, cultivar la rebeldía tanto en las acciones como en el pensamiento y escapar de la maquinaria global que nos considera solo un elemento más del engranaje.

Finalmente, quiero dejar apenas anotado un tema sobre el cual me gustaría extenderme en otro momento. Las anécdotas activan esa modalidad de funcionamiento cognitivo que Jerome Bruner llama modalidad narrativa, en oposición a la paradigmática o lógico-matemática. Ambas se complementan; la narrativa toma como base lo particular y sigue una lógica no lineal que funciona por comparaciones y es la forma de pensamiento que desarrolló primero la humanidad, razón por la cual no resulta nada extraño que influya en el aprendizaje y complemente la asimilación de conceptos científicos.

En síntesis, las anécdotas que se incluyen en los textos divulgativos, además de su riqueza comunicativa propia, permiten captar la atención y el interés del público lector, al presentar situaciones que le pueden resultar familiares, aunque se atribuyan a personajes a quienes en un inicio ese público pudo haber considerado solo como portentosas mentes dotadas de unas cualidades extraordinarias o como seres abnegados que trabajaban retirados de las pasiones del mundo cual anacoretas. Además, este tipo de relatos favorece el aprendizaje al activar reacciones emocionales, que se asocian con procesos de memorización, y puede estimular también el espíritu científico, pues hace posible identificarse con las personas que realizan tal actividad. Para cerrar, fortalecen la modalidad narrativa de funcionamiento cognitivo, que se relaciona con la construcción de sentidos y cuyo desarrollo permite una comprensión más integral del mundo.


Lecturas recomendadas

«Diego Golombek: "Desacralizar la ciencia como una actividad de mártires y sabios"». En: educar, 2004. Recuperado de

https://www.educ.ar/recursos/120605/diego-golombek-desacralizar-a-la-ciencia-como-una-actividad-de-martires-y-de-sabios

La divulgación científica como literatura, de Ana María Sánchez Mora (Dirección General de Divulgación de la Ciencia y Universidad Nacional Autónoma de México, 2015).

Física de lo imposible. ¿Podremos ser invisibles, viajar en el tiempo y teletransportarnos?, de Michio Kaku (Debate, 2010).

Descubrir la neurodidáctica. Aprender desde, en y para la vida, de Anne Forés Miravalles y Marta Ligioiz Vázquez (UOC, 2009).

La música de los números primos. El enigma de un problema matemático abierto, de Marcus du Sautoy (Acantilado, 2007).

Las pioneras. Las mujeres que cambiaron la sociedad y la ciencia desde la Antigüedad hasta nuestros días, de Rita Levi-Montalcini y Giuseppina Tripodi (Crítica, 2011).

Alabanza de la lentitud, de Lamberto Maffei (Alianza, 2016).

La fábrica de historias. Derecho, literatura, vida, de Jerome Bruner (Fondo de Cultura Económica, 2014).


Referencias de las imágenes

De «Portentoso Faraday»: T. Hall (2018, 26 de febrero). Michael Faraday´s statue. Recuperada de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Michael_Faraday%E2%809%99s_statue.jpg. Licencia Creative Commons Attribution 4.0 International.

De «Estudio de Faraday en la Royal Institution»: H. J. Moore (between circa 1850 and circa 1855). Royal Institution - Michael Faraday's study. Recuperada de https://commons.m.wikimeida.org/wiki/File:Royal_Institution_-_Michael_Faraday%27s_study.jpg. Dominio público.

De «Urania Propitia»: Maria Cunitz, printer Johan Seyffertus (Johan Seyfert) - Unknown source. Recuperado de https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1381246. Dominio público.




domingo, 4 de octubre de 2020

 

LA ERMITA DEL BARRIO

(CRÓNICA)

                                                                                            

Ya casi no los recordaba. Al menos no tan a menudo como al principio. Había llegado a ese punto —más triste, por cierto— en que el olvido nos sorprende arrebatándonos a nuestros muertos. Pero ese día era distinto. Ese día ella no había podido dejar de pensar en Francisco Meléndez, su esposo, y en su hijo mayor, Juan José, que ese año habría cumplido veinticuatro. ¡Cómo les hubiera gustado estar allí, formando parte de la celebración! Al fin y al cabo, cuando se fueron a pelear contra las tropas de Walker, no lo habían hecho pensando tanto en Costa Rica —que no dejaba de ser una abstracción en la mente de aquellos agricultores—, sino en ese pedazo de tierra suya que estaba entre dos ríos. Los ojos de Concepción Castro se empañaron aún más al pasar revista a otros de sus parientes que habían muerto por la epidemia del cólera, como su tía Casilda Cascante y su primo Domingo. También se acordó de Basilio, Pedro y Albina, los tres chiquillos de Cayetano Cascante. Rosario en mano, la viuda repasaba las cuentas con sus dedos nerviosos mientras se perdía en sus recuerdos.

«¡Tiene alas!» De su ensoñación la sacó María, la de los Guerrero. Preguntaba animada por aquella imagen fantástica que se aparecía ante sus ojos. «Es un ángel», susurró la madre. Había tenido que caminar solo un breve trecho, atravesando el solar, hasta la nueva ermita. Sentada en uno de los primeros lugares, la niña lo estudiaba todo con asombro. «¿Y la espada?» Esta vez no obtuvo respuesta; el ceño fruncido de su madre la invitaba a sosegarse. 



Los Mora habían llegado desde muy temprano; al igual que la pequeña María, su casa quedaba junto al oratorio. Justamente de esta familia había nacido la iniciativa de la reconstrucción. Una tarde, casi noche, se reunieron a escribir una carta para el obispo. Con el arrojo que le daban sus veintidós años y el saberse uno de los más «pudientes» francisqueños, Mercedes Guzmán les había echado una mano con la convocatoria. Finalmente se les unieron otros vecinos, entre los que estaban Marcelo Reyes, Rafael Madrigal, José María Bermúdez, Salvador Muñoz, Manuel Guzmán, Lorenzo Hernández, José Solís y José Romero. Esa noche no hubo cuentos del Padre Sin Cabeza, que se le había aparecido a don Nicolás en el camino a Patarrá, ni de la Carreta Sin Bueyes, la cual solía pasearse por la siempre polvorienta calle que subía hacia San Antonio. Los espantos se quedaron para otra noche clara; la luna de febrero acompañaba la charla en torno a la ermita, que tenía ya 25 años de construida. «La reedificación es necesarísima», apuntaría el cura Nereo Bonilla en su carta. No podían dejar de comentar el hecho de que sus rivales de siempre, los zapoteños, también estaban haciendo gestiones para construir una ermita nueva. En el fogón no había descanso: Salomé Reyes, que tenía muy buen café, les servía tamaños jarros y preparaba unas suculentas tortillas.

Con trescientos cincuenta pesos y «los recursos todos del vecindario que voluntariamente los ha ofrecido», los vecinos se dieron a la tarea de reconstruir el oratorio a principios de 1862.

Al año siguiente, en el mes de julio, la obra estaba concluida. Enviaron entonces otra carta al Obispo. Pedro Díaz, Juez de Paz de San Francisco, estampó con orgullo su alambicada «chayotera» a la cabeza de las firmas. Solicitaban permiso para efectuar una «misa de rogación» y celebrar misa el día del Santo en cada año. La respuesta fue afirmativa para la primera petición —efectivamente, la «misa de rogación» se celebró pocos días después—, pero ¡tremenda decepción se llevaron los vecinos al enterarse de que el oficio en honor a San Francisco había de quedar en espera «hasta que se tenga noticia en esta Curia de que poseen los útiles necesarios»!

De tales peripecias venía hablando un jornalero de 32 años con su esposa. Él se llamaba Rafael Méndez y ella Rita Mora López. Protegiéndolas de los charcos, la joven desamparadeña recogía con esmero las enaguas que le había heredado mama Chica y que ella quería lucir en la fiesta patronal. Cuando la cuesta de Prado había alcanzado el punto de su máximo rigor, se encontraron con Mercedes Guzmán. Rita aprovechó para quitarse unas piedras que se le habían clavado en los pies, mientras Mercedes les contaba unos cuantos detalles más acerca de los trabajos de reconstrucción de la ermita. «¡Qué cordonazo más toreado!», intercalaba de vez en cuando Rafael en la crónica de su vecino.


Julio, agosto, setiembre. Tres meses apenas para conseguir los útiles de que hablaba el obispo. Unas donaciones por acá, otras por allá. Un mes se rifaba una vaquilla y al siguiente unas gallinas. A cuenta gotas fueron reuniendo lo necesario para celebrar la misa del Santo Patrono.

Era octubre, un octubre pasado por agua, como todos. Francisco Ortiz se apeó de su caballo frente a la ermita. Ellos lo esperaban ansiosos, mas no sin cierta preocupación. Debía de ser un personaje importante —pensaban—, puesto que había sido enviado por el obispo para revisar el oratorio. Con gesto severo el cura examinaba y, cuando menos se lo esperaban, hacía preguntas. Las cosas iban bien, hasta que les pidió ver las casullas. ¡A ellos que les preguntaran por sus bestias, machetes y demás maristates, pero de esas vestiduras sabían bastante poco, por no decir que nada!, contaba Mercedes con aire socarrón. Ortiz dejó nota en su informe de que debían tener varias casullas, no una sola. Por lo demás «todo está en orden», añadió, y los vecinos respiraron aliviados. 


Las campanas no cesan de llamar a los habitantes de San Francisco de los Dos Ríos. Poco a poco van llegando los Reyes, los Madrigal, los Bermúdez, los Cascante, los Muñoz, los Solís, los Romero, los Herrera, los Quesada, los Jiménez… Unos vienen del lado de la hacienda Bella-vista; otros, de un paraje nombrado El Espinal. Todos esperan ver cumplido su anhelo de celebrar misa en honor del Santo Patrono ese octubre de 1863, hace 140 años.

Para eso están allí María Guerrero, con sus asombrados cinco años; Rafael y Rita, mis tatarabuelos; Julián, uno de los Mora, quien durante largo tiempo será el mayordomo de la ermita. Por eso también han salido de casa Concepción y sus recuerdos.

No sabemos a ciencia cierta cómo pudo haber sido aquella ermita, que fue sustituida por la iglesia cuya primera piedra se colocó en 1915. Sabemos, eso sí, que se trataba de una edificación pequeña, de madera, con teja de hierro, una puerta de hierro, ventanas con antepuertas y que en su interior había al menos dos imágenes: la de San Francisco y una de San Rafael. Que al lado había un solar, el cual, años más tarde, iba a estar sembrado de café (como dato curioso, en 1884 se recogieron cuatro cajuelas, que significaron un ingreso de un peso ochenta).

Tampoco es posible reconstruir con certeza la forma como vivieron aquellos vecinos, sus preocupaciones, anhelos, dichas y desgracias. Algo ha quedado escrito en documentos dispersos, casi todo se ha ido con ellos, hoy mucho queda a la imaginación.

Sirva esta crónica como homenaje al espíritu emprendedor de esos primeros francisqueños, que reconstruyendo una ermita, crearon un espacio de vida entre el Tiribí y el María Aguilar.

 

Nota: Publicado en el Eco Católico en el año 2003. 

Sobre el origen de esta crónica: Desde 1998 he venido realizando una investigación documental sobre la historia de la comunidad de los Dos Ríos. He consultado fuentes diversas, tanto en el Archivo de la Curia Metropolitana como en el Archivo Nacional, documentos varios de la parroquia de San Francisco y los recuerdos de Fernando Méndez Blanco, mi padre. Producto de ello es este relato. Los nombres que aquí aparecen, lo mismo que la gran mayoría de los datos, tienen respaldo en documentos históricos. La reconstrucción de la ermita entre los años 1862 y 1863 es un hecho real.


Así luce el actual templo de San Francisco de Dos Ríos. Data de los años setenta y es la cuarta edificación de que se tiene conocimiento: la primera podría ser de 1837; la segunda, de que trata este texto, era de 1863, mientras que la tercera se construyó en 1915.




miércoles, 23 de septiembre de 2020

 

EMMA: EL AMOR COMO INTERCAMBIO

 

¿Qué turba el plácido mundo de la guapa, rica, inteligente y alegre Emma Woodhouse? No se trata de las guerras napoleónicas ni de la miseria que sufre el pueblo inglés por la crisis política de la época georgiana. A Emma la afecta el vacío que su institutriz ha dejado en casa al contraer matrimonio. Y ni siquiera se habla de preocupación, que esta puede mover el ánimo de manera profunda, sino de una «tristeza moderada», sin ninguna mala conciencia.

¿Cómo un hecho de la vida doméstica puede activar la trama de esta novela, que se considera la obra cumbre de Jane Austen? ¿Cómo puede juzgarse importante así lo ha planteado una parte de la crítica un texto que presenta situaciones cotidianas y rutinarias de unas pocas familias en una aldea, y no se decanta por hechos relevantes de un determinado momento histórico? Emma da para tanto, porque explora si se puede subvertir el sistema de relaciones sociales a través del matrimonio, pero sin ser didáctica. Crea, para ello, un universo complejo de tramas y subtramas, con personajes muy bien delineados en cuanto a psicología y expresión, entre los que destacan aquellos que son egoístas, tontos o avaros, lo que le permite apostarle al humor, en especial a la ironía.

Una diferencia de media milla

Un ejemplo de esos tipos humanos que sirven de base a las novelas de Jane Austen es el señor Woodhouse. El padre de Emma es un referente de la vida social en Highbury, porque se trata de uno de los vecinos más antiguos de esa localidad y, sobre todo (que lo anterior no valdría tanto sin lo segundo), por su riqueza, que salta a la vista en una propiedad extensa y una casa elegante. A ese poder económico se suma un carácter bondadoso y hospitalario, que motiva a sus vecinos a sentirse en deuda con él por sus atenciones. Su necesidad de socializar se expresa, eso sí, mediante algunos requisitos, pues el señor Woodhouse padece de cierto egocentrismo y falta de empatía: una exagerada preocupación por su salud y sus necesidades lo vuelven incapaz de entender que sus obsesiones no son las preocupaciones habituales del resto de la gente. El casamiento de quien fuera la institutriz de sus hijas no le cae nada bien, ni teme expresar su profunda convicción de que a la señorita Taylor le convenía más habitar en una casa tan grande como la suya que una independencia familiar. El pastel de bodas también le da problemas: «Si su propio estómago no podía soportar nada rico, no podía creer que hubiera otras personas que fueran diferentes». Por su condición social y también por la gratitud que le expresan sus vecinos, nadie se atreve a contradecirlo; solo lo hace John Knightley, el esposo de su hija Isabella y cuya condición social es tan buena, o mejor, que la suya propia. La sumisión de su círculo más cercano motiva que el señor Woodhouse nunca salga de su error de juicio. Tal exageración de rasgos le da un efecto satírico al personaje y a la condición social que representa, pues toma como objeto a un integrante de la nobleza rural.


El señor Woodhouse y su hija Emma, por Hugh Thomson.


Las dificultades del señor Woodhouse para digerir la decisión de la señorita Taylor de formar su propia familia, de dejar de ser esa compañía agradable en las horas de ocio, también las experimenta su otra hija. Ese matrimonio afecta a Emma sacándola de su zona de confort. Ya no tendrá a mano a la persona discreta, culta y preocupada por todos los asuntos de la familia (eso se esperaba de una buena institutriz) con la cual sostenía conversaciones inteligentes y que durante dieciséis años había velado por su bienestar como una madre. «Emma era consciente de la gran diferencia entre una señora Weston a solo media milla de ellos y una señorita Taylor en casa» y debe buscar algo que llene su vacío.

El mundo de Emma

La joven Emma ocupa el centro de su propio universo. Pese a su corta edad y a su concepción de la vida ingenua, superficial y prejuiciada, sus amistades le tributan respeto y confían en su criterio como si se tratara de una persona justa y muy experimentada. Al igual que con el señor Woodhouse, ello obedece a su posición social y al sentir de agradecimiento de sus vecinos más cercanos. Con excepción de George Knightley, cuñado de su hermana Isabella y dueño de Donwell Abbey, nadie se atreve a cuestionarla. Ella siempre es objeto de alabanzas, pese a no perseverar en el cultivo de la lectura ni de sus aficiones artísticas, destrezas mínimas esperables en una mujer de su condición. El pasaje donde se describe cómo reaccionan sus amistades ante el retrato que le hace a su amiga Harriet es bastante ilustrativo sobre este punto, lo mismo que la reunión en que coincide con Jane Fairfax y a ambas les toca demostrar sus habilidades al piano, escena que la película de Autumn de Wilde (2020) recrea con gran sentido del humor.


El señor Elton observa con admiración
el retrato que Emma ha pintado.


En ese mundo controlado por Emma, son claros sus afectos: busca el interés, la admiración y la gratitud de sus amistades; desprecia a quienes son ricos, pero no pertenecen a la nobleza rural, como los comerciantes; y no le interesan en absoluto aquellas personas que, siendo de condición humilde, tampoco lo son tanto como para necesitar benefactores.

Un «experimento social»

Para paliar esa tristeza moderada que la invade con la partida de la señorita Taylor, Emma se propone hacer lo que llamaríamos hoy un «experimento social», algo así como: ¿Qué tal si las cosas no fueran como deben ser y pudieran arreglarse de otra forma? Con «una mente bien pagada de sus propias ideas», se considera a sí misma experta en las «buenas relaciones». Por tal motivo, planea convertir a Harriet Smith, una interna de la escuela de la señora Goddard cuyo origen familiar se desconoce (asunto por lo demás perturbador en una sociedad tan estratificada), en una dama juiciosa y de modales exquisitos, capaz de hacerse con un distinguido caballero como esposo. Ya ha visto el buen resultado de combinar las vidas de la señorita Taylor y el señor Weston, en lo cual se atribuye una cuota de participación, y desea confirmar su inteligencia social haciendo de celestina. Quiere jugar, entonces, a ser la diosa de los cambios favorables en las vidas de algunas gentes, pero resulta una suerte de espíritu loquillo, de juicio perdido, que se equivoca todo el tiempo.


El señor Weston socorre a Emma
y a la señorita Taylor bajo la lluvia.

 

El conflicto interno de Emma responde a dos formas de ver las relaciones de pareja. Una de ellas defiende el matrimonio homogámico, aquella tendencia a unirse con una persona semejante en términos de estrato social y nivel educativo, un tipo de enlace que resulta muy favorable para las clases altas, pues es una manera de conservar el patrimonio, en este caso de la nobleza rural de la época, dependiente de las rentas generadas por sus tierras. La otra forma tiene que ver con el emparejamiento más allá del grupo social; en este punto no interviene tanto la competencia que Emma posee para desenvolverse en su medio, como su desbordada imaginación; esta le permite pensar en la posibilidad de que haya una movilidad social que considere el mérito, el carácter y otros valores no materiales, en vez de tomar en cuenta solo el patrimonio de las personas. En medio de ello, son constantes los errores de interpretación y de acción producto, en buena parte, de la imagen sobrevalorada que esta muchacha posee de sí misma.

La experta en el mercado matrimonial no falla al considerar que el casamiento sirve para mantener un determinado estatus o, con algo de suerte, subir en la escala social. Pero se equivoca en la forma de lograr esto último. Según lo que ella experimenta con Harriet Smith, basta con rodearse de las personas indicadas, adoptar los modales y gustos de la gentry y, como tampoco puede reducirse a mero cálculo comercial, enamorarse idealizando al objeto del amor, con lo cual deja por fuera otros aspectos en los que sería necesario «invertir» un poco más, como una buena educación y cierta disciplina.

Ahora bien, si esa persona que busca una mejor posición social no se halla dentro de su grupo de beneficiarios, su determinismo resulta inflexible: hay gente, dirá Emma, que no puede ni debe moverse del lugar que ocupa en la sociedad; su brutalidad y nulo aporte a la exquisitez de la vida justifican ese estancamiento. Esta forma de pensar refleja, además de la tesis del matrimonio homogámico, los prejuicios de una sociedad extremadamente clasista, como se observa en la valoración de Robert Martin, un granjero que pretende a Harriet: «En Hartfield has tenido muy buenos ejemplos de hombres bien educados y de buena estirpe [le dice Emma a su pupila]. Me sorprendería que, después de verlos, pudieras volver a estar en compañía del señor Martin sin percibir en él a un ser muy inferior, e incluso no asombrarte de que en el pasado pudieras haber llegado a considerarlo agradable».

Quien mucho en sí confía…

Emma sufre esa falsa percepción de sí mismos que afecta a los personajes poderosos: su situación privilegiada les impide conocer verdaderamente lo que pasa en el mundo más allá de sus narices. Se rodea de personas que sienten gratitud hacia ella, que no osan plantarle cara ni manifestar el menor desacuerdo, igual como sucede con las amistades de su padre. En la caída de algunos líderes políticos es posible apreciar esa dinámica trágica de quienes, movidos por un exceso de confianza en sus capacidades, sobre todo para interpretar la realidad circundante, y rodeados de un séquito de incondicionales dispuestos a darles siempre la razón para obtener un beneficio personal, han caído en graves errores de juicio que les han costado incluso la vida.

Pero Emma no es un personaje antipático y sus excesos tampoco darán lugar a ningún desenlace fatal. La «salva» un narrador cuyo tono, si bien es irónico, no revela hostilidad, como señala Inger Enkvist en Aprender a escribir con Jane Austen y Maud Montgomery. Este narrador se encarga de ponernos al tanto de los desaciertos de la joven que, unidos a su buen corazón, la vuelven agradable y hacen posible el matiz cómico del texto.

Cada oveja con su pareja

En esta novela, considerada también de aprendizaje, Emma irá captando que su lectura de los hechos y de las relaciones entre la gente es errónea: «Con una vanidad espantosa había creído estar en posesión del secreto de los sentimientos de todo el mundo, con una arrogancia imperdonable se había propuesto arreglarles el destino a los demás». Esta expresión, que aparece casi al final de la obra, deja ver que la protagonista adopta un gesto humilde, y hasta de vergüenza, respecto de sus intervenciones en la vida social de Highbury.

Emma aprende que no es posible subvertir el sistema de relaciones sociales mediante los casamientos. El texto demuestra que, errores y confusiones de por medio, los enlaces se realizan bajo el criterio del matrimonio homogámico. Harriet se casa con Robert Martin, en ese mundo intermedio de personajes que, sin ser pobres, tampoco forman parte de la clase alta. El señor Elton, quien se descubre como un verdadero patán, encuentra una mujer con una buena renta que le asegura mejorar su condición social, como era su plan cuando cortejaba a Emma. Esta última contrae matrimonio con George Knightley, a cuyas observaciones debe parte de su proceso de maduración; de nuevo se unen las dos familias de más alcurnia, logrando así que la fortuna y la propiedad de Donwell Abbey (que también es la fortuna y la propiedad de John Knightley, Isabella y sus hijos) no se disperse más de lo debido. Hay enamoramientos, probablemente sí, que eso prende una chispa en el interés narrativo, pero dentro de las expectativas que permite la condición social de cada quien.

Finalmente, el discurso de «cosas más raras se han visto, y que parejas más distintas han acabado casándose», que pronuncia Emma ante la posibilidad que solo ella imagina de que Frank Churchill corresponda a los sentimientos de Harriet, pasa a ser el de «¿Acaso era nueva en este mundo la desigualdad, la contradicción, la incongruencia?», dicho a la misma Harriet, pero esta vez con el convencimiento de que personajes de condición social tan elevada como George Knightley no pueden estar al alcance de alguien que no sea de su mismo nivel.

El extraño caso de Jane Fairfax

Ahora bien, ¿cómo se articula, dentro de esta confirmación del orden social a partir del matrimonio homogámico, la relación entre Jane Fairfax y Frank Churchill?

Al inicio de la novela, Emma expresa no tener necesidad de casarse, pues su condición social no la obliga a ello: ha logrado una de las grandes aspiraciones de su época, la de ser señora de su casa, pero sin haber contraído matrimonio, pues vive con su padre viudo. Sin embargo, hay un hombre lo suficientemente deseable que, pese a no conocerlo en persona, la hace considerar esa posibilidad: Frank Churchill, el hijo del señor Weston y heredero de la enorme fortuna de los Churchill, la pareja de tíos encargada de su crianza. «A menudo había pensado [] que si ella llegara a casarse algún día, él era precisamente la persona adecuada por edad, temperamento y posición». Aunque a su arribo a Highbury Frank coquetea con Emma, alimentando las esperanzas del señor y la señora Weston, quienes también valoran su paridad en términos de clase, edad y buen humor, el corazón del muchacho pertenece a una mujer de condición muy distinta: a la bella, elegante, culta, talentosa, inteligente y disciplinada Jane Fairfax.

Esta joven mueve, por sí misma, los cimientos del sistema «emmacéntrico». Pese a las expectativas de los demás de que fuera su mejor amiga por razones de edad, Emma la rechaza. «Por qué no le gustaba Jane Fairfax era una pregunta de difícil respuesta; el señor Knightley le había dicho una vez que era porque veía en aquélla a la mujer perfecta que le gustaría que los demás la considerasen a ella». Lo cierto es que Emma queda muy mal parada ante Jane, quien ha sabido sacar provecho de las oportunidades que le ofrecieron los Campbell, su familia de acogida tras la muerte de sus padres, razón por la cual los elogios que recibe son auténticos, no los motiva ningún cálculo social, aunque sí algo de conmiseración, porque la pobre de Jane es pobre y, lo que es aún peor, sobre ella se cierne un futuro aciago: convertirse en maestra.

 

Jane Fairfax y Frank Churchill en el salón de baile.

 

El ineludible control social

La relación entre Jane y Frank pone en primer plano el enamoramiento como ese río prohibido de la transgresión de que habla el sociólogo Francesco Alberoni: la complicidad entre los amantes, el leerse y captarse las intenciones sin hacerlas explícitas, el placer de la discreción que encubre el secreto. Su posterior matrimonio, lo mismo que el del señor Weston y la señorita Taylor, evidencia la posibilidad de romper los dictados de la homogamia.

Sin embargo, las acciones y el decir de los personajes dejan ver que no es tarea fácil. La bondad de Jane es puesta a prueba por Frank Churchill quien, haciendo uso de la «licencia» que le confiere su compromiso secreto, coquetea abiertamente con Emma y hasta participa de las bromas y chismes sobre un supuesto amorío entre Jane y otro hombre. Algo parecido sucede a la señora Weston, la antigua institutriz de Emma, cuyo matrimonio da pie a las acciones de esta novela. Cierto es que pasa a gozar de independencia y otro nivel de vida, al no ser ya una asalariada, pero arrastra el fardo de su condición social anterior. En la escogencia misma que hace el señor Weston se hallan rescoldos de la inferioridad de ella. El narrador señala cómo este hombre había logrado hacerse con los medios suficientes «como para casarse incluso con una mujer con tan poco como la señorita Taylor» y que estas segundas nupcias lo colocan en aquella afortunada situación de elegir, en vez de ser elegido, de suscitar gratitud en lugar de sentirla. Aún más, el hecho de que Frank Churchill posponga repetidamente la visita a su padre y a su nueva esposa se interpreta de forma distinta siendo cual es la procedencia de ella: «Si por sí misma hubiera sido persona influyente [razona George Knightley, defensor del statu quo], seguramente ya hubiera venido, y el que viniera o no, no hubiera sido tan significativo».

Estas dos situaciones confirman la posibilidad de enamorarse de forma dispar y romper con los dictados del matrimonio homogámico, pero también ponen de manifiesto que el control social no se subvierte con facilidad. Hay que pagar un precio.

La loca de la casa

Esta novela deja abiertas las posibilidades de lectura y de desencuentro. Hay quienes la alaban por defender una posición conservadora del orden social y, desde esta perspectiva, les parece muy apropiado que sea una mujer quien la escriba. Desde otras posiciones, también se la rechaza por la misma consideración anterior. Otras lecturas, en cambio, valoran el cuestionamiento que hace del statu quo.

El «experimento social» de Emma parece haber demostrado que en Highbury se impone la corrección política, que la movilidad en términos de clase que la protagonista ha imaginado a través del emparejamiento es solo un intento fallido, que el matrimonio apropiado es aquel donde coinciden los patrimonios, valores y formas de educación similares y que, en el caso de las uniones dispares, el control social se encargará de sancionarlas. Esto es lo que se concluye de la diégesis, de la forma como culminan las diversas tramas que se entretejen en la novela.

Pero no se puede olvidar el papel de la ironía en el tratamiento del matrimonio, por el cual se dejan ver las fisuras morales de las relaciones establecidas. Tampoco se puede obviar la diversidad de voces y visiones de mundo propias de los personajes que intervienen. La «loca» imaginación de Emma ha abierto la posibilidad de ver las relaciones sociales en otros términos, de modo que no se imponga un solo punto de vista, sino que se abran otras perspectivas para considerar ese mundo.

Finalmente me pregunto: ¿Qué mejor manera de hacerle trampas al orden establecido, a las lecturas monolíticas, que deslizar otras posibilidades de vida en la imaginación «desmedida» de la mujer con mayor rango social de la aldea, aunque esta termine, al parecer, respaldando los valores de su clase social?

 

Créditos de ilustraciones

El señor Woodhouse y su hija Emma. Hugh Thomson (1860-1920) (1896). Emma-ch 53 (III-17). Recuperado de

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Emma-ch53_(III-17).jpg

El señor Elton observa con admiración el retrato que Emma ha pintado. Hugh Thomson (1860-1920) (1896). Emma-ch 06 (I,6). Recuperado de

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Emma-ch06_(I,6).jpg

El señor Weston socorre a Emma y a la señorita Taylor bajo la lluvia. Hugh Thomson (1860-1920) (1896). Emma-ch 01 (I,1). Recuperado de

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Emma-ch01_(I,1).jpg

Jane Fairfax y Frank Churchill en el salón de baile. Hugh Thomson (1860-1920) (1896). Emma-ch 38A (III, 2). Recuperado de

https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=44489519

 

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